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martes, 2 de octubre de 2012
lunes, 1 de octubre de 2012
EL VALLE DE LA MUERTE
El Valle de la Muerte (Mannaja)
1977
Italia
Director: Sergio Martino
Actores: Maurizio Merli, John Steiner, Enzo Fiermonte, Donald O´Brien, Sonja Jeannine, Salvatore Puntillo, Nino Casale, Enzo Fiermonte
Música Guido & Maurizio De Angelis
Fotografía Federico Zanni
Guión: Sergio Martino
Spaghetti tardío, su año de producción es de 1977, y, junto a otros realizados a mediados de los setenta como “Los cuatro del apocalipsis”, “Keoma” o “California”, de carácter marcadamente crepuscular que supuso una cierta reacción a la corriente humorística dominante durante esta década en los westerns hechos en Europa que, como ya expusieron Sergio Leone y Tonino Valerii en la recomendable “Mi nombre es ninguno”, terminó por aniquilar a este subgénero.
La película, también conocida por el nombre de “Mannaja”, contó con la solvente producción de Luciano Martino, mientras que detrás la cámara, como era habitual y tras su primera experiencia en el western con la olvidable salvo por su parte final “Arizona vuelve” (spaghetti que cuenta con su oportuna reseña), se situó su hermano Sergio Martino, para mi gusto uno de los grandes directores italianos de cine de género que brilló en la primera mitad de la década de los setenta especialmente en el giallo con cinco títulos indispensables para todo buen aficionado al mismo como “La perversa señora Ward” (1971), “Todos los colores de la oscuridad” (1972) y “”Vicios prohibidos” (1972) todos ellos protagonizados por la actriz nacida en Argelia Edwige Fenech quien estuvo acompañada en los dos primeros por George Hilton, protagonista además de “La cola del escorpión” (1971); cerrando su aportación a este subgénero con, para mí, su mejor giallo “Torso” (1973). También fue notable su aportación al poliziesco con “Milán tiembla, la policía pide justicia” (1973); pero desde finales de esta década su filmografía creo que es mucho menos atractiva con títulos como “La montaña del dios caníbal” (1978) encuadrada dentro del controvertido género de caníbales de moda en esa época y cuyo máximo exponente quizás sea “Holocausto caníbal” (Ruggero Deodato, 1980), con largometrajes que explotaban descaradamente el éxito obtenido por otros como es el caso de “Caimán” (1979) respecto al tiburón de Spielberg, y “2019, tras la caída de Nueva York” (1983) en relación con la maravillosa “1997: Rescate en Nueva York” (John Carpenter, 1981) o con intranscendentes comedias al servicio de la citada Fenech, con quien mantiene una gran amistad.
SINOPSIS: Un cazador de recompensas llamado Mannaja tras atrapar a un forajido, Cravern, llega a Suttonville, un pueblo insalubre y carente de ley, con la intención de cobrar su recompensa. Pronto tendrá un enfrentamiento con Voller, el temible lugarteniente del cacique del lugar Edward McGowan, con el que, además, tiene una cuenta pendiente.
Filme que vuelve a tratar temas típicos del western hecho en Europa como la venganza, la codicia y la traición, representadas las dos últimas sobre todo por el triángulo formado por Voller, McGowan y su hija, a los que agrega otros propios de la época en la que se realizó, como la crítica al capitalismo representado en su faceta más salvaje por McGowan, el propietario de la mina de plata que trata a sus trabajadores como si fueran esclavos o el ecologismo que comenzaba a convertirse en un movimiento importante tras la Conferencia de Estocolomo (1972). Así mediante una serie de flasbacks nos enteraremos de que en el lugar en donde se encuentra emplazada la mina, causante con sus emanaciones del deterioro ambiental, se encontraba un bosque propiedad del padre de Mannaja que McGowan no dudo, con su desmedida ambición, en destruir; mientras que en otra escena el protagonista le espeta al cacique: “Convertiste esto en un lugar infectado de hombres desesperados”. El mensaje, por tanto, es claro: el progreso desmedido conlleva a la destrucción de la naturaleza y con ello al deterioro de la vida de los hombres.
La película, por otra parte, es claramente deudora de “Keoma”, largometraje de gran éxito realizado un año antes. Así desde el punto de vista estético nos encontramos con un pueblo deteriorado, en este caso por la contaminación de la mina, con paisajes encharcados y neblinosos que dan al conjunto una sensación de irrealidad, aunque en este caso el director señaló en una entrevista que tuvieron que acudir a este recurso para que no se notara demasiado el deterioro real de los decorados de los estudios Elios, o el vestuario de reminiscencias hippies de algunos de los personajes. Desde el punto de vista temático con la llegada del protagonista, un hombre errante, a un pueblo degradado y cuyos habitantes están sometidos por el cacique del lugar (en el caso de “Keoma” utiliza la peste y el control de los medicamentos, mientras que en ésta su medio de dominación los constituye la mina de plata) o la tortura que sufrirá el antihéroe con anterioridad a poner fin a los desmanes cometidos por el cacique. Incluso hay escenas que remiten al filme dirigido por Castellari como la pelea en la que el protagonista termina literalmente rebozado en el barro que claramente recuerda a la que mantenía el personaje interpretado por Franco Nero con sus tres hermanos y el tiroteo desarrollado en el pueblo en el que Mannaja se protege entre dos caballos. Y a todo ello hay que añadir el principal tema musical compuesto también por Guido y Maurizio De Angelis e interpretado por un tal Dandylion, muy similar tanto musicalmente como en el empleo de la voz al compuesto para “Keoma”, que, además, se utiliza con la misma finalidad dramática, aunque en este caso su repetición es menos frecuente. Además también se puede apreciar la huella de otros spaghettis como la ya citada “Los cuatro del apocalipsis” (spaghetti ya comentado) en la visión, no ya desesperanzada, sino auténticamente apocalíptica del salvaje Oeste que se presenta como un mundo en declive en el que los personajes que lo pueblan, tanto los poderosos (McGowan o Voller) como aquellos que tan sólo pretenden sobrevivir bajo la dominación de los anteriores (los mineros o la troupe de bailarinas), carecen de futuro y consecuentemente tendrán el mismo fin; o la estupenda y también comentada en este blog “Como lobos sedientos”, largometraje producido por Luciano Martino y en la que además intervino Sergio Martino, de la que “se toma prestada” la forma de torturar al antihéroe. Mientras que la sombra de “Django” también planea a lo largo de la película.
A esta falta de originalidad hay que añadir un guión, obra del propio director junto con Sauro Scavolini (autor con bastante experiencia en este género al haber intervenido en siete spaghettis, incluido el citado “Como lobos sedientos”) bastante dubitativo en la primera parte, con escenas que suceden con escasa ilación, de tal forma que no tienes muy claro el argumento de la película; o con personajes que aparecen, desaparecen y actúan a capricho de los autores del libreto, lo que da lugar a situaciones inverosímiles como el plan de Voller respecto a McGowan (¿No hubiera sido más fácil acabar con él?), a indefiniciones (no me quedó claro si el protagonista regresa al pueblo por casualidad o siguiendo un plan previsto) o a relaciones poco explicadas y un tanto artificiosas como la mantenida por Voller y la hija de McGowan. Además hay graves errores en el montaje de la escena del levantamiento de los mineros; así, vemos cómo estos se enfrentan a los hombres de McGowan en una batalla campal, cambia la escena para seguir los pasos de Mannaja y, a continuación, volvemos a ver a los mineros en formación como si no hubiera pasado nada para inmediatamente después iniciar la sangrienta revuelta, todo un despropósito.
Pero a pesar de estos fallos, sus indefiniciones y su falta de originalidad la película me ha gustado gracias, sobre todo, a la labor de Sergio Martino que no sólo dota al largometraje de un ritmo trepidante, sino que rueda magníficamente las distintas escenas de tiroteo y peleas, extraordinaria por su realismo la citada anteriormente en las calles embarradas del pueblo; y muestra su impronta visual en otras difícilmente olvidables como aquella con la que se inicia el spaghetti, más propia de un trhiller o una película de terror que de un western (de hecho me recordó a la secuencia del segundo asesinato en “Torso”), en la que vemos a un hombre correr por un paisaje encharcado y neblinoso mientras que otro a caballo, que se nos muestra a cámara lenta, le persigue blandiendo un hacha que terminará por arrojarle arrancándole la mano; la que se desarrolla en el interior de la cueva con un protagonista medio cegado; aquella en la que utiliza el montaje simultáneo para ver como son asesinados a cámara lenta los pasajeros de la diligencia, la sombra de Pekinpah es alargada, mientras bailan las chicas en el pueblo, consiguiendo un contraste brutal entre el dramatismo de la primera acción y el carácter lúdico y festivo de la segunda; o la que cierra el filme, también de atmósfera gótica, con el enfrentamiento entre Mannaja y Voller en la que la niebla vuelve a cobrar un gran protagonismo y en la que, al igual que en la escena con la que se abre la película o la de la cueva, la contribución de Federico Zanni como director de fotografía se me antoja fundamental.
Por lo que respecta a los actores, el protagonista, un silencioso y enigmático cazador de recompensas que se caracteriza por su hábil manejo del hacha, está interpretado, en su única aparición en este subgénero, por un inexpresivo Maurizio Merli, intérprete italiano prematuramente desaparecido que se hizo famoso en el género poliziesco, sobre todo con la trilogía sobre el comisario Berti: “Roma violenta” (1975), “Italia a mano armada” (1976) ambas dirigidas por Marino Girolami y “Nápoles violenta” (1976) de Umberto Lenzi; y al que, por lo que he leído, le pasaba con Franco Nero como a Joel McCrea con Gary Cooper, que en ocasiones le contrataban cuando no podían pagar los emolumentos superiores del segundo. Para compensar nos encontramos con un extraordinario John Steiner, una especie de versión canallesca de Peter O’Toole, que hace una gran composición como el desalmado, ambicioso y siniestro Voller y al que su físico (alto, enjuto y de mirada fría) le ayuda bastante. Personaje sibilino y amenazante que va acompañado de dos fieros dogos y suele vestir con una capa negra, elementos que remarcan su carácter. Donald O’Brien está muy acertado como el traicionero Cravern que cuenta, incluso, con su propio tema cantado en alusión a su traición, para mí bastante insoportable; mientras que Philippe Leroy despacha con solvencia a su personaje de McGowan, uno de los más complejos del filme caracterizado por su decadencia física símbolo del declive financiero de su imperio. Nos encontramos ante un falso moralista, inhumano y altivo, más preocupado por los pecados de la carne (el saloon se cerró por una orden suya y, posteriormente, impedirá a “las bailarinas” que se asienten en el pueblo) que por las condiciones de sus trabajadores, explotados en la mina como si fueran esclavos; de ahí que en un momento dado Mannaja le reproche que: “No se han cometido ni cometerán pecados más graves que los suyos, McGowan”. En cambio los principales personajes femeninos, interpretados por Sonja Jeannine, la hija de McGowan, y Martine Brochard, la bailarina enamorada de Mannaja, están muy poco desarrollados. Junto a ellos caras habituales como Nello Pazzafini, en su sempiterno papel de pistolero, o Rick Battaglia en el rol del padre de Mannaja.
Como dato curioso comentaros que la película fue prohibida en 1977 en Suecia, supongo que por su excesiva carga violenta.
En definitiva, un tardío, oscuro, violento, sangriento, despiadado y desesperanzado spaghetti crepuscular en el que brilla la labor de los hermanos Martino, y que, a pesar de su falta de originalidad y sus fallos, no defraudará a los aficionados al género.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 5
AMBIENTACIÓN: 9
DIRECCIÓN: 7
ACTORES: 7
MÚSICA: 5
viernes, 28 de septiembre de 2012
SHALAKO
1968
Inglaterra-Alemanía
Director: Edward Dmytryk
Reparto: Sean Connery, Brigitte Bardot, Stephen Boyd, Jack Hawkins, Peter van Eyck, Honor Blackman, Wood Strode, Eric Sykes, Alexander Knox, Valerie French, Julian Mateos, Donald Berry, Rodd Redwing, 'Chief' Tug Smith, Hans De Vries, Charles Stalnaker, Bob Cunningham, John Clark, Bob Hall, Juan Terron
Guión: Louis L'Amour, J.J. Griffith, Hal Hopper, Scot Finch
Fotografía: Ted Moore
Música: Robert Farnon
SINOPSIS: Ante los abusos cometidos por un grupo de aristócratas europeos de cacería en Nuevo México, los indios del territorio se ponen en pie de guerra. Diezmados y engañados por sus guías, la única esperanza de los nobles la constituirá Shalako, un antiguo oficial del ejército que intentará protegerlos y evitar su muerte.
Producción germano-británica de 1968 que obedece a un proyecto personal de Euan Lloyd basado en una novela del escritor especializado en relatos ambientados en el Oeste Louis L’Amour, al que Lloyd conocía personalmente gracias a Alan Ladd y del que adaptó tres libros para la gran pantalla, la película que nos ocupa y las ya comentadas en este blog “Catlow-El oro de nadie” (Sam Wanamaker, 1971) y “Un hombre llamado Noon” (Peter Collinson, 1973), todas ellas rodadas en España; para posteriormente producir dos de sus mayores éxitos bajo la dirección de Andrew Victor McLaglen, los filmes bélicos “Patos salvajes” (1978) y “Lobos marinos” (1980).
En un principio estaba previsto que los personajes principales los interpretaran Henry Fonda y la austríaca Senta Berger, así como que el rodaje se llevara a cabo en México, pero problemas financieros (parece ser que las distribuidoras no deseaban la presencia de Fonda, y rodar en el país norteamericano era bastante caro), decidieron al productor trasladarse a Almería, donde se rodaron los exteriores, mientras que para los escasos interiores se utilizaron los famosos y prestigiosos Estudios Shepperton. Además Lloyd consiguió sumar al proyecto a la poderosa productora alemana Central Cinema Company Film (CCC), responsable de algunos westerns europeos de concepción clásica y factura técnica más que aceptable como “La última batalla de los apaches” (película de 1964 sobre el jefe apache Winnetou creado por Karl May), o las también comentadas en este blog “Un lugar llamado Glory” (filme de 1965 que obtuvo un gran éxito y fue uno de los primeros euro westerns estrenados en Estados Unidos) y “La balada de Johnny Ringo” (largometraje de 1966 protagonizado, igual que los otros dos, por el ex Tarzán Lex Barker, aquí en un papel negativo). Asimismo los actores inicialmente previstos fueron sustituidos por dos estrellas europeas que en ese momento gozaban de una grandísima popularidad: el bondiano Sean Connery y la sex symbol Brigitte Bardot, uno de los mayores mitos eróticos europeos desde que protagonizara “Y Dios creó la mujer” (Roger Vadim, 1956).
Como director se escogió Edward Dmytryk, realizador nacido en Canadá con películas del nivel de “Historia de un detective” (1944) y “Encrucijada de odios” (1947), que, tras protagonizar una actitud poco ejemplar ante la bochornosa Comisión de Actividades Antiamericanas delatando a antiguos compañeros del Partido Comunista Americano, rodaría tres westerns: la magnífica “Lanza rota” (1954), un remake ambientado en el Far-west y protagonizada por Spencer Tracy y Richard Widmark de “Odio entre hermanos” (Joseph Mankiewicz, 1949), superior para mí al original; la estupenda “El hombre de las pistolas de oro” (1959) que, con un trío masculino protagonista insuperable: Richard Widmark, Henry Fonda y Anthonny Quinn, adaptaba la novela finalista del Pulitzer “Warlock” escrita por Oakley Hall; y la aceptable “Alvarez Kelly” con, de nuevo, Richard Widmark acompañado en esta ocasión por William Holden interpretando al ganadero que prestaba su nombre al título de la película. Por tanto Dmytryk, dadas su solvencia y experiencia en el género, parecía un director muy apropiado para filmar este western, máxime teniendo en cuenta que ya había rodado algunas películas en Europa.
Si a estos nombres se les añaden otros del prestigio del director de fotografía Ted Moore, responsable entre otros de los títulos de James Bond, que parece ser fue recomendado por el propio Connery, o de Ron Beck como jefe de vestuario, está claro que nos encontramos ante un proyecto muy serio, máxime teniendo en cuenta que el coste de la película superó los cinco millones de dólares. Para que os hagáis una idea “La muerte tenía un precio” costó alrededor de seiscientos mil dólares, “El bueno, el feo y el malo” aproximadamente un millón doscientos mil y una producción de tipo medio oscilaba entre los ciento veinte mil y los ciento ochenta mil; es decir, que prácticamente podemos estar hablando de una superproducción dentro del subgénero del western europeo.
Por todo ello, la decepción tras verla ha sido mayor, ya que nos encontramos ante un western que, para mí, no pasa de correcto. Es verdad que cuenta con un empaque formal superior a la media y que técnicamente está bien hecho, destacando la labor del mencionado Moore que saca un gran partido a la belleza de los paisajes almerienses, pero creo que es lo mínimo que se puede pedir a este tipo de producciones; mientras que, por el contrario, los elementos más importantes de una película, la dirección y el guión, no están a la misma altura.
Así, el guión escrito por el actor James Griffith junto a, entre otros, al también actor y especialista en adaptar novelas de L’Amour, Scott Finch se muestra bastante original en la primera parte de la película para a medida que transcurre ésta transformarse en más convencional, reduciendo la historia a la típica y anodina película de aventuras con un grupo heterogéneo de individuos que intentan sobrevivir en un territorio hostil acechados por enemigos que le superan en número, e incluso cuenta con la típica y fallida escena de amor cargada de frases ridículas, para desembocar en un final algo decepcionante por previsible.
En cuanto a la dirección, Dmytryk muestra su decadencia al limitarse de forma fría y rutinaria a plasmar en imágenes el guión, y sólo en contadas ocasiones, como en el asalto apache al rancho defendido por los europeos, da muestras de un cierto talento; además de recurrir a los peores tics del spaghetti y acusar cierta tendencia al efectismo más facilón.
La parte más destacable e interesante del filme, como señalé anteriormente, se encuentra al principio del mismo ya que a través de un hecho histórico como eran las cacerías y viajes organizados en países “exóticos” para los miembros de las clases altas europeas (al inicio de la película se hace alusión a estos viajes citándose como participantes a personas tan ilustres como Oscar Wilde, Charles Dickens o Rudyard Kipling, acérrimo defensor de la supremacía del hombre blanco) y también mediante los principales personajes se va a llevar a cabo una mirada crítica a la época colonial y a las sociedades que la sustentaban. Así se va a presentar a los europeos como seres prepotentes que, en su soberbia, se consideran superiores a los nativos, por los que sólo sienten desprecio; individuos clasistas y racistas cuya forma de pensar queda resumida en la actitud del embajador que afea la conducta de su mujer al advertirla de que: “No debes hablar con estos asalariados. Limítate a hacerlo con los de nuestra clase”. Y todo ello en un contexto histórico en el que las grandes potencias europeas, representadas sobre todo por Francia e Inglaterra, habían extendido su presencia y poder a través de las colonias de explotación y poblamiento por todo el mundo (Francia, por ejemplo había prácticamente conseguido su sueño de crear un imperio que atravesaba el continente africano de este a oeste, además de tener una fuerte presencia en el Próximo y Medio Oriente y en el Sudeste Asiático, mientras que Gran Bretaña se había expandido de norte a sur en África y estaba a punto de iniciar su proyecto más ambicioso con la construcción de un tren que enlazara El Cairo con Ciudad del Cabo, además de también explotar sus colonias en la Península Arábiga y en la zona de la India y contar con colonias de poblamiento en Australia y Canadá). Al mismo tiempo que se efectúa esta crítica al colonialismo, y a través del grupo heterogéneo que conforman los principales personajes, el filme refleja los profundos cambios que se estaban produciendo en el interior de las sociedades de los países de Europa, fundamentalmente en la Inglaterra Victoriana , en las que frente a la denominada upper class compuesta por una trasnochada, clasista y anclada en el pasado nobleza, representada en el filme por los prepotentes aristócratas británicos y rusos, emergía con fuerza la burguesía, clase social más moderna y acorde con los tiempos de cambio que se vivían cuyos valores principales lo constituían el esfuerzo y el talento, que en este caso aparece representada a través de los personajes de Furton y, sobre todo, Shalako. Así, la incapacidad para adaptarse por parte de los nobles europeos al salvaje Oeste, cuyas reglas no acaban de entender, constituye una clara metáfora del fin de una época y de una clase social dominante por razones de sangre. Lástima que este interesante planteamiento se diluya a lo largo del filme.
Como solía ocurrir en este tipo de superproducciones se contó con un gran elenco actoral. Al frente del reparto dando vida al personaje del título de la película, cuya presentación me recordó al inicio de “Los valientes andan solos” (David Miller, 1962), el escocés Sean Connery, para mí uno de los mejores actores vivos, que intentaba abandonar su imagen como el Agente 007. Creo que ofrece un rendimiento muy inferior al que nos tiene acostumbrados al mostrarse sólo correcto, quizás porque su personaje carece de la ironía y la sorna tan propias de sus mejores actuaciones, pero el caso es que parece desubicado y, en algunos momentos, incómodo como el ex coronel del ejército que, a pesar de entender a los indios, hará todo lo posible para evitar el aniquilamiento de los arrogantes europeos en manos de éstos. Brigite Bardot aporta poco más que su belleza al personaje de la condesa rusa Irina Lazaar, e incluso protagoniza una escena un tanto erótica en la que muestra su espalda desnuda. La verdad es que, dadas sus limitaciones, tampoco creo que se le pudiera pedir más. El gran actor británico Jack Hawkins, habitual en superproducciones de la talla de “El puente sobre el río Kwai” (David Lean,1957), “Ben Hur” (William Wyler,1959), “Lawrence de Arabia” (David Lean,1962), “Zulú” (Cy Endfield, 1964) o “Lord Jim” (Richard Brooks, 1965) como sir Charles Dagget, ejemplo de esta aristocracia caduca e hipócrita, se muestra bastante cansado ofreciéndonos una actuación un tanto desfallecida, actuación en la que pudo influir su reciente operación de un cáncer de laringe. Sin embargo, y para compensar, creo que rayan a gran altura Stephen Boyd, presencia habitual del western hecho en Europa en la década de los setenta e inolvidable Messala en la mencionada superproducción “Ben-Hur”, como Bosky Futon, el desleal y traicionero guía. Un personaje muy interesante pero poco desarrollado. Peter Van Eyck, actor especializado en interpretar oficiales alemanas, que da vida al altanero barón Frederick Von Hallstatt, un individuo que muestra su desprecio por los nativos (cuando Shalako le recuerda que existe un tratado con los indios no duda en afirmar: “¿Tratado? No queremos tratar con salvajes”) y continuamente reivindica su condición (en una escena se dirige a Irina recordándole que “Somos de una recia estirpe”, para más tarde negarse a entregar a Fulton su anillo porque contiene el escudo de su familia); no obstante es un personaje que muestra nobleza y el único que evoluciona a lo largo de la película mostrando su capacidad de adaptación. La otrora chica Bond Honor Blackman en el papel de Lady Dagget, esposa de Charles, que caerá rendida ante los encantos de Bosky Fulton. Y Eric Sykes, perfecto como el mayordomo, un personaje cómico y un tanto esperpéntico encargado de servir las lujosas comidas de los europeos (su presentación le define claramente, ya que en mitad de una cacería en Nuevo México su máxima preocupación es la imposibilidad de servir el champagne a la temperatura adecuada). Junto a ellos un joven Julián Mateos y la siempre gratificante presencia de Woody Strode, también habitual de los westerns hechos en Europa, como el improbable indio Chato. La verdad es que choca un poco ver a un actor de raza negra interpretando a un indio, pero lo cierto es que en “Dos cabalgan juntos” (John Ford, 1961) ya había interpretado a un piel roja, e, incluso, en “Gengis Khan” (1965) y en “Siete mujeres” (1966), también dirigida por el maestro Ford, lo pudimos ver como un mongol.
La banda sonora compuesta por Robert Farnon cuenta con un aceptable tema principal que se escucha en diversas versiones, incluida una cantada por Jim Dale que recuerda ligeramente al tema “New York, New York” del musical “Un día en Nueva York” (Stanley Donen, 1949) pero menos revolucionado.
Tengo la copia puesta a la venta por Diamond Light que respeta el formato original y cuenta con una imagen y un sonido sólo correctos, además de carecer prácticamente de extras.
En resumen un euro western un tanto decepcionante por los nombres que figuran en él, los medios técnicos de los que se dispusieron y el presupuesto con el que se contó, pero que cuenta con los suficientes aciertos (la original primera parte ya comentada o algunas escenas de acción como el también comentado asalto al rancho y el ataque a la diligencia) para hacer pasar un buen rato si el receptor del mismo no es muy exigente.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 5
AMBIENTACIÓN: 6
DIRECCIÓN: 5
ACTORES: 6
MÚSICA: 5
MEDIA: 5,4
miércoles, 19 de septiembre de 2012
CJAMANGO EL VENGADOR
1968
Italia
Director: Vincenzo Musolino
Reparto: George Ardisson, Anthonny Gidra , Cristina Iosani, Ignazio Spalla, Gaetano Cimarosa, Pietro Martellanza, Luigi Pavese, Lilli Lembo, Jean Louis
Guión: Vincenzo Musolino
Musica: Felice di Stefano
Fotografía: Mario Mancini
Durante dos años formó un prolífico tándem centrado en el euro western con Edoardo Mulargia en el que ejerció como guionista y productor, mientras el segundo, aparte de coescribir el guión de algunas, se encargó de la dirección, dando lugar a cuatro spaghettis, “Vete con Dios, gringo” de 1966, y en 1967 “¿Por qué seguir matando?”, “Cjamango” (ambas con sus correspondientes comentarios en este blog) y “Non aspettare Django, spara”. Precisamente la ruptura profesional entre ambos tuvo lugar a raíz de las profundas desavenencias que surgieron en relación con “Cjamango el vengador”; película que, por otra parte, puede entenderse como un compendio de dos de los anteriores westerns producidos por Vicenzo Musolino (“Non aspettare django, spara” no la he visto por lo que no puedo opinar sobre ella) puesto que retoma de “Cjamango” al personaje principal, mientras que de “¿Por qué seguir matando?” hace lo propio con la base argumental; sobre todo en relación con la antigua rivalidad y enemistad existente entre los McDonald y los Stuart, familias pertenecientes a clases sociales muy diferentes, y representada fundamentalmente en los jefes de ambos clanes, protagonistas de un enfrentamiento en el pasado que postró en una silla de ruedas a uno de ellos. Con lo que se puede hablar de una especie de díptico en el que Mussolino se centra en sentimientos como el odio o la venganza y las funestas consecuencias derivados de los mismos.
SINOPSIS: Mientras Cjamango visita el pueblo más próximo a su rancho los miembros de su familia, los McDonald, son brutalmente asesinados por los hermanos Smart y sus secuaces que habían sido contratados por el jefe del clan rival, los Stuart. A partir de ese momento Cjamango, con la ayuda de un poco convencional cazador de recompensas llamado Barrica, no cejará hasta acabar con todos ellos.
Estamos, por tanto, ante otro spaghetti que, como señalé en un párrafo anterior, aborda los sempiternos temas del odio y la venganza, pero en esta ocasión, y de forma aún más evidente que en sus anteriores spaghettis, su director y guionista trata de articular un discurso que muestre la inutilidad de ambos sentimientos, puesto que el protagonista se ve envuelto en un círculo prácticamente sin fin que sólo genera más muertes. Así, si en un primer momento a Dick Smart, cabecilla de los asesinos de la familia de Cjamango, le mueve el dinero, a partir del asesinato por parte de Cjamango de su hermano Jack, su motivación principal será, como la del protagonista, la de vengar su muerte, por lo que se produce una clara aproximación moral entre ambos personajes que reaccionan de igual forma ante hechos semejantes, sembrando la destrucción y , por ende, más sufrimiento, incluso en personajes inocentes como el de Conchita, la mujer de uno de los hombres de Dick que participó en el asesinato de los McDonald.
Este tono de parábola sobre las consecuencias de la venganza, que tan sólo genera más muertes y mayor odio, queda claramente expuesto tanto en el inicio del filme en el que, mientras vemos los títulos de crédito, podemos escuchar una voz en off decir: “Un día una tempestad me devastó y me arrebató la vida. La muerte comenzó a cabalgar su caballo loco y a sembrar muerte y destrucción. Parecía que las llamas del infierno hubiesen incluso ascendido a la tierra para quemar absolutamente todo”; como en el final, ya que, al igual que le ocurría al sheriff Kane en el clásico “Solo ante el peligro” (Fred Zinnemann, 1952), el protagonista asqueado, en esta ocasión, por tantas muertes arroja su colt al suelo y se marcha en un carro de caballos con su novia para emprender una vida alejada del odio y de la destrucción.
Incluso, por lo que he leído, existe una versión más larga de la que he visto que refuerza el posicionamiento moral del directo-guionista-productor respecto a la violencia y la venganza al comenzar en un cementerio en el que un anciano Cjamango, a modo ejemplarizante, relata su vida a un joven llamado Manuel que pretende vengar a sus padres. Este inicio, curiosamente, entroncaría con “Diez horcas para un pistolero” rodada un año antes por Luigi Capuano, en el que un joven mejicano, llamado Manuel, vengaba el asesinato de sus padres acaecido cuando era un niño. Curiosamente, además, el spaghetti que nos ocupa retomaría también la historia de amor a lo Romeo y Julieta desarrollada en el filme de Capuano, al presentarnos al protagonista y a su ex novia obligados a permanecer separados debido al odio que se profesan sus respectivas familias.
Spaghetti, por tanto, con un fondo muy interesante pero que desgraciadamente Musolino no sabe desarrollar, quizás en parte por el reducido presupuesto que le obliga a rodar en escasas localizaciones, y termina por tratarlo de forma banal y sin profundizar. Además a lo largo de la película se aprecia una clara falta de ideas, por lo que se recurre durante gran parte del metraje a los típicos clichés del spaghetti y a las situaciones mil veces vistas: la partida de póker preludio de un duelo, la paliza al antihéroe, las interminables cabalgadas, a lo Demofilo Fidani, de un lado para otro sin que sepamos muy bien hacia dónde se dirigen los caballistas, etc; y a todo ello hay que añadir las múltiples referencias a otras películas como, además de las dos anteriormente citadas producidas por Musolino o a la dirigida por Capuano mencionada en el párrafo anterior, a las ya reseñadas en este blog “Django” y su precuela oficial “El clan de los ahorcados” no sólo en el nombre del protagonista que remite claramente al personaje creado por Corbucci sino sobre todo en el espectacular final en el que una ametralladora cobra vital importancia, ”La muerte tenía un precio” puesto que nos encontramos con una pareja protagonista que pretende acabar con unos bandoleros por motivos diferentes, la venganza en el caso de Cjamango y el cobro de las recompensas que ofrecen por ellos en el caso de Barrica, o “Johnny Yuma” en la construcción del personaje de Barrica, un oportunista que se aprovecha del odio de Cjamango para cobrar la recompensa de los bandidos, que presenta claras semejanzas con el personaje de Fidel.
Por otra parte, la película cuenta con un ritmo desigual, con un inicio muy interesante y un primer tercio vibrante estructurado de forma casi episódica en la que Cjamango, como ocurre en “Joko invoca a Dios… y muere" (película dirigida ese mismo año por Antonio Margheritti y también comentada), va encontrando a los diferentes miembros de la banda y acabando con ellos, para sufrir un estancamiento en la parte central y remontar con el gran final. Mientras que en su haber debe anotarse la cuidada puesta en escena en gran parte del metraje, con bellos planos, acertados movimientos de cámara y correcta utilización de la grúa, y una aseada banda sonora compuesta por Felice de Steffano, músico habitual en los westerns de Musolino, variada y ajustada a los hechos narrados, en la que destaca un tema épico bastante resultón, otro en el que predomina la trompeta con un fuerte carga de tristeza y uno de corte cómico que se asocia con Barrica.
Por lo que respecta a los actores, para dar vida a Cjamango se escogió al para mí limitadísimo
George Ardisson
, actor bastante inexpresivo e incapaz de mostrar los sentimientos de su personaje .
Como su principal antagonista, Dick Smart, nos encontramos con el serbio Anthonny Gidra que vuelve a demostrar su solidez como actor (no en vano gozó de un gran prestigio en su país como demuestra el hecho de que esté enterrado en el callejón de ciudadanos celebres del cementerio nuevo de Belgrado). Junto a ellos un gran Ignazio Spalla, bajo el seudónimo de Pedro Sánchez, da vida a Barrica, un curioso cazador de recompensas que sirve como contrapunto cómico en una historia caracterizada por su tono amargo y que no suele utilizar las armas, ya que para él: “No basta con ser bueno con la pistola. Usar el cerebro es lo más importante”. En colaboraciones especiales aparecen Pietro Martellanza, alias Peter Martell, en una de las mejores interpretaciones que le he visto como Jack, el alcoholizado y torturado hermano de Dick eternamente perseguido por cazadores de recompensas, un personaje muy interesante pero escasamente desarrollado que parece anunciar al interpretado por Robert Woods en “El Puro se sienta, espera y dispara” (película, ya comentada, dirigida en 1969 por Eduardo Mulargia) o al protagonista de la magnífica “La noche de la serpiente” que, dirigida por Giulio Petroni en 1969, también cuenta con su oportuna reseña; y Tano Cimarosa que, como uno de los bandidos de Dick, protagoniza una de las escenas más violentas y conseguidas del filme en la que el protagonista recita la frase que da titulo a la película. Mientras que el principal papel femenino recayó en Cristina Iosani, a la que ya había visto en spaghettis de bajo presupuesto como las reseñadas “Mi nombre es Pecos” (1967), “El último maldito” (1967), “Un par de asesinos” (1970) y “La bestia” (1970).
Como su principal antagonista, Dick Smart, nos encontramos con el serbio Anthonny Gidra que vuelve a demostrar su solidez como actor (no en vano gozó de un gran prestigio en su país como demuestra el hecho de que esté enterrado en el callejón de ciudadanos celebres del cementerio nuevo de Belgrado). Junto a ellos un gran Ignazio Spalla, bajo el seudónimo de Pedro Sánchez, da vida a Barrica, un curioso cazador de recompensas que sirve como contrapunto cómico en una historia caracterizada por su tono amargo y que no suele utilizar las armas, ya que para él: “No basta con ser bueno con la pistola. Usar el cerebro es lo más importante”. En colaboraciones especiales aparecen Pietro Martellanza, alias Peter Martell, en una de las mejores interpretaciones que le he visto como Jack, el alcoholizado y torturado hermano de Dick eternamente perseguido por cazadores de recompensas, un personaje muy interesante pero escasamente desarrollado que parece anunciar al interpretado por Robert Woods en “El Puro se sienta, espera y dispara” (película, ya comentada, dirigida en 1969 por Eduardo Mulargia) o al protagonista de la magnífica “La noche de la serpiente” que, dirigida por Giulio Petroni en 1969, también cuenta con su oportuna reseña; y Tano Cimarosa que, como uno de los bandidos de Dick, protagoniza una de las escenas más violentas y conseguidas del filme en la que el protagonista recita la frase que da titulo a la película. Mientras que el principal papel femenino recayó en Cristina Iosani, a la que ya había visto en spaghettis de bajo presupuesto como las reseñadas “Mi nombre es Pecos” (1967), “El último maldito” (1967), “Un par de asesinos” (1970) y “La bestia” (1970).
Como curiosidades comentaros que el personaje interpretado por Anthony Gidra se llama igual que el protagonista de un pseudobond dirigido el año anterior por Franco Prosperi al que dio vida Richard Wyler, y que como ayudante de dirección aparece Aldo Lado, cineasta que dirigió a principios de los setenta dos interesantísimos giallos: la desoladora “La corta noche de las muñecas de cristal” (1971) y la sobrecogedora “¿Quién la ha visto morir?” (1972)
En definitiva, creo que estamos ante una buena idea malograda por la falta de presupuesto para llevarla a cabo y por un guión superficial y cargado de tópicos. No obstante, creo que contiene suficientes elementos, entre ellos una fuerte carga de violencia y un final espectacular, para no defraudar a los aficionados al género.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 5
AMBIENTACIÓN: 5
DIRECCIÓN: 6
ACTORES: 6
MÚSICA: 6
MEDIA: 5,6
miércoles, 12 de septiembre de 2012
TODOS PARA UNO, GOLPES PARA TODOS
Todos para uno, golpes para todos (Tutti per uno... botte per tutti)
1973
España/Italia/Alemania
Director: Bruno Corbucci
Reparto: Giancarlo Prete, George Eastman, Eduardo Fajardo, Karin Schubert, Cris Huerta, Leo Anchóriz, Chen Lee, Carlo Rustichelli, Peter Berling, Vittorio Congia, Eleonora Giorgi, Osiride Pevarello, Pietro Tordi, Max Turilli.
Guión: Bruno Corbucci, Tito Carpi, Leonardo Martino, Peter Berling
Fotografía: Rafael Pacheco
Música: Carlo Rustichelli
Coproducción italo-hispano-alemana de 1973 encuadrada dentro del spaghetti western bufo dirigida por Bruno Corbucci, hermano de Sergio Corbucci y prolífico escritor (participó en más de ciento treinta guiones de películas entre los que destacan, dentro de este subgénero, “Django”, “Odio por odio”, “Johnny el vengador” o “El gran silencio”, todas ellas ya comentadas). Mientras que como director cuenta con más de cincuenta películas en su haber entre las que podemos señalar su debut con los dos filmes sobre el detective James Tont, personaje paródico de James Bond interpretado por Lando Buzzanca, la saga de once filmes coescritas por él y Mario Amendola sobre el heterodoxo y extravagante inspector Nico Giraldi al que dio vida Tomas Milian, y algunos largometrajes protagonizados por Terence Hill y/o Bud Spencer (“Como el perro y el gato” de 1983, “Dos superpolicias en Miami” de 1985).
Dentro de este subgénero dirigió tres spaghettis, el paródico “Héroes a la fuerza” (1966) con, de nuevo, Lando Buzzanca, la muy estimable “Dispara, Gringo, dispara” de 1968 que, conocida también como “Stark el Pistolero”, es su mejor aportación al euro western, y la película que nos ocupa.
SINOPSIS: El joven Dart Clotheswater, recién nombrado ranger de Texas, abandona su pueblo situado en Cheese Valley para encontrarse con tres amigos de su padre. En una posada se enterará casualmente de los planes del banquero Riche LeDuque consistentes en hacer llegar ilegalmente una fuerte suma de dinero al dictador mejicano Ortega. A partir de ese momento, junto a sus tres amigos, intentará abortar los planes de Duke apoderándose del oro que transporta camuflado en un carromato de la Cruz Roja la bella Alice Fergusson.
La película pretende ser una adaptación muy libre de la inmortal novela de aventuras escrita por Alejandro Dumas en 1844 “Los tres mosqueteros”. De hecho el título en español hace referencia a la más famosa frase de la novela y, a su vez, lema de los protagonistas; mientras que en inglés se la conoce por “The three musketeers of the West”. No obstante las semejanzas con la novela son escasísimas y casi anecdóticas: el arranque con un rústico y desaliñado protagonista que abandona su pueblo natal (en la obra de Dumas contará con un viejo penco mientras que aquí monta un burro bastante cabezota) para enrolarse en un cuerpo militar (en el filme los rangers de Texas y en la novela los mosqueteros); el nombre de los principales personajes (los ex rangers amigos de su padre se llaman Mac Athos, Aramirez y Portland, mientras que el principal personaje negativo es Richie LeDuque en clara alusión el cardenal Richelieu, aunque en este caso se trata de un banquero con lo que se da a entender que el poder de la iglesia durante el Antiguo Régimen es ostentado ahora por los banqueros, representantes del gran capitalismo en el siglo XIX, capaces de provocar guerras y favorecer la llegada al poder de individuos que les sean proclives), la caracterización de ciertos personajes, así se nos presentan Aramirez y Portland como, respectivamente, un mujeriego y un glotón, mientras que Alice es tan pérfida y malvada como Milady de Winter; y algunas situaciones como el primer encuentro poco amistoso del protagonista con los ex rangers o el intento de hacerse con el oro para evitar que caiga en manos del dictador (una de las partes de la novela se centraba en el desesperado intento de recuperar unos herretes de diamantes que podían poner en una situación muy delicada a la reina e incluso provocar un conflicto diplomático con Gran Bretaña). Pero, en realidad, no nos encontramos con una película de aventuras trasladada al universo del western sino con el típico spaghetti cómico realizado tras el éxito de las dos entregas de Trinidad y que pretende, sin conseguirlo, copiar su fórmula y aprovecharse de su fama. Incluso a lo largo de la película se pueden rastrear algunos guiños a ambas películas como la escena en la que el protagonista come las inevitables judías, aquella en la que Mac Athos demuestra sus habilidades con las cartas al igual que lo hiciese Trinidad, o la presentación del antihéroe como un individuo mujeriego, irresponsable, sucio y algo anárquico.
Además, los guionistas, entre los que se encuentran el propio director, el prolífico Tito Carpi y Peter Berling, autor de la exitosa pentalogía “Los hijos del Grial”, no contentos con mezclar la obra de Dumas con los filmes de Barboni, introducen, siguiendo también otra de las tendencias del spaghetti durante los primeros años de los setenta, elementos del cine de artes marciales con una escena larguísima, rodada por lo que he leído en Taipei, que se desarrolla en un pueblo habitado por chinos expertos en kung-fu, y en la parte final del filme, que se ubica en un Méjico revolucionario controlado por el general-dictador Ortega, otros propios del zapata-western. Incluso la secuencia inicial se puede entender como un homenaje a los musicales norteamericanos y, en concreto, a “Siete novias para siete hermanos” (Stanley Donen, 1954)
El resultado, para mí, es un pastiche cómico basado en un humor pueril, tontorrón y chusco, en el que todo vale y cuya máxima expresión son las larguísimas y aburridísimas peleas, incluida la inicial en la que unos quesos sustituyen a las típicas tartas de las películas mudas o aquella con la que se cierra el largometraje que tiene como protagonistas a los miembros de un circo alemán, que dan lugar a una película tediosa consistente en repetir hasta la saciedad las mismas situaciones, ante las que nada puede hacer una correcta puesta en escena por parte de Corbucci.
Por lo que respecta a la banda sonora de Carlo Rustichelli para mí se eleva un poco por encima del resultado final, siendo llamativo el homenaje al gran Dimitri Tiomkin en la secuencia del pueblo de los chinos en la que se escucha el tema de “Degüello” que orquestó tanto “Río Bravo” como “El Álamo”.
En cuanto a los actores, creo que dado el producto se limitan a estar por ahí y cumplir como buenamente pueden. Como protagonista nos encontramos con Timothy Brent, en realidad Giancarlo Prete, un actor bastante limitado al que ya había visto en la comentada en este blog “Persecución mortal” (Lorenzo Gica Palli, 1971) y en la también humorística e igualmente olvidable “Tedeum” (Enzo G. Castellari, 1972). En el largometraje encarna a un atolondrado Dart al que le gusta citar proverbios, tan escasamente ingeniosos como poco divertidos, del estilo de: “Al aroma del queso de oveja, el ladrón asoma la oreja”, “Si dejas escapar la ocasión, no eres listo sino tontorrón” o “El que no mea en compañía, es un ladrón o un espía”. Dando vida a los tres ex rangers nos encontramos con interpretes habituales de este subgénero como el italiano Luigi Montefiori alias George Eastman, Mac Atos, el español Leo Anchoriz, Aramirez, o el portugués Chris Huerta, una especie de remedo de Bud Spencer especializado en sus últimos spaghettis de corte cómico en personajes glotones y fuertotes que solían acompañar al héroe, como Portland. El principal y único personaje femenino fue encomendado a la alemana Karin Schubert, actriz a la que se la pudo ver en la también reseñeda “Los compañeros” (Sergio Corbucci, 1970), que terminó especializándose tanto en filmes softcore (“Emanuelle negra”, “Emanuelle alrededor del mundo”) como, en los años ochenta, hardcore (“Morbosamente vostra”, “Il vizio nell ventre”, “Orgien der vollust”) y protagonizando varios intentos de suicidio en los noventa. El cupo español se completa con un poco inspirado e histriónico Eduardo Fajardo como Richie LeDuque y con José Canalajes en el papel de un pistolero.
Como curiosidades señalaros que en el intervalo desarrollado en el pueblo chino aparece Chen Lee que protagonizaría ese mismo año la ya reseñada “Mi nombre es Shangai Joe”, una especie de fusión entre western y cine de artes marciales dirigido por Mario Caiano, y que, como haría el propio Dumas en “Veinte años después” y “El vizconde de Bragelonne”, en la escena final se nos anuncia una segunda parte sobre las correrías de los cuatro rangers, aunque no sé si se trataba de una broma o el proyecto no terminó por materializarse ya que no he encontrado información alguna sobre esa posible secuela.
En definitiva creo que estamos ante un disparate de euro western sólo apto para aquellos acérrimos seguidores de este subgénero que quieran comprobar el grado de degradación al que se llegó en el western hecho en Europa.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 1
AMBIENTACIÓN: 3
DIRECCIÓN: 4
ACTORES: 2
MÚSICA: 5
MEDIA: 3
miércoles, 5 de septiembre de 2012
miércoles, 27 de junio de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
TRES HOMBRES BUENOS
Tres hombres buenos
1963
España-Italia
Director: Joaquín Romero Marchent
Reparto: Geoffrey Horne, Paul Piaget, Fernando Sancho, Robert Hundar, Massimo Carocci, Cristina Gaioni, Giuseppe Addobatti, Raf Baldassarre, Aldo Sambrell, Rosa del Río, Antonio Gradoli, José Jaspe, Donatella Marrosu, Turia Nelson, Jesús Tordesillas, Simón Arriaga, Jesús Guzmán
Guión: Jose Mallorquí
Fotografía: Rafael Pacheco
Música: Manuel Parada
Coproducción italo-española de 1963 en la que intervinieron tres nombres capitales para el nacimiento del western europeo: el productor Eduardo Manzanos Brochero, el escritor y guionista José Mallorquí y el director Joaquín Luis Romero Marchent, que ya habían colaborado en el primitivo díptico sobre personaje creado por Mallorquí, “El Coyote” (“El Coyote” de 1955 y “La justicia del Coyote” de 1956); para embarcarse en 1962 en la adaptación al cine de otro héroe popular de origen hispano, “El Zorro” creado por Johnston McCullen, en otros dos filmes “La venganza del Zorro” y “Cabalgando hacia la muerte”. En esta última se incorporó al terceto como productor el abogado Alberto Grimaldi, otro personaje fundamental para el desarrollo del euro-western.
Animados por la acogida, sobre todo en Italia, de las aventuras del Zorro el cuarteto decide realizar otro western para lo que adaptarán de nuevo unos personajes creados por Mallorquí, bajo el seudónimo de Amadeo Conde, con anterioridad a “El Coyote” y como encargo de la Editorial Molino para competir con el personaje de “Pete Rice”, en la serie de marcado carácter hispánico Tres hombres buenos, de la que se editaron catorce títulos entre 1942 y 1947, con ilustraciones, entre otros, del prestigioso Carlos Freixas.
SINOPSIS: La mujer de Don César Guzmán, un hacendado de origen español, es asesinada por un grupo de bandidos que, además, le roban el dinero que tenía depositado en su caja fuerte. A partir de ese momento el objeto de la vida del hacendado lo constituirá la venganza, para la que contará con dos pistas, un alfiler que arrancó su mujer al asesino antes de morir y la herradura perdida por uno de los caballos de los bandoleros; así como, con la desinteresada ayuda de dos pistoleros, el portugués Joao de Silveira y el mejicano Diego Abriles.
La película, por tanto, pivota en torno al argumento de la venganza, uno de los temas más desarrollados por los westerns hechos en Europa, incluso por el propio director en sus dos mejores westerns (la estupenda y comentada en este blog “Condenados a vivir” no creo que se pueda considerar así) pero sin la hondura y profundidad con la que fue tratada en los mismos. Así, en la también comentada en este blog “El sabor de la venganza” (1963), Romero Marchent nos mostraba en la fabulosa escena final cómo ésta sólo genera muerte y dolor, y en “Antes llega la muerte” (1964), que también cuenta con su correspondiente entrada, el personaje de Ringo se embarcaba en un viaje físico y espiritual, en el que el perdón jugaba un papel básico, que le transformaba profundamente y, en cierta forma, le redimía convirtiéndole en un hombre nuevo, como quedaba puesto de manifiesto en una bellísima escena en la que ofrecía agua de su cantimplora a aquél que herido de muerte había sido hasta ese momento el objeto de su venganza. Sin embargo, y a diferencia de estas películas, el largometraje que nos ocupa carece de cualquier consideración moral en torno a la venganza y el protagonista actúa de forma monolítica (muy avanzado el filme, ante la pregunta de una vecina acerca de la posibilidad de que perdone a los asesinos de su mujer, él sin dudarlo responde “Nunca, ni aún después de muertos los perdonaré”).
Pero, para mí, el principal problema no radica en esta falta de consideraciones morales sino en la irregularidad del filme, que cuenta con un comienzo vertiginoso en el que asistimos al asesinato de la mujer del protagonista, al ajusticiamiento por parte del héroe de tres de los participantes en el luctuoso acontecimiento, a su encuentro con el portugués, al enterramiento de su mujer y al enfrentamiento de César con otro de los bandidos; para a partir de ese momento, que coincide con la aparición de Diego, la película hacerse más dispersa, abandonar durante gran parte del metraje el tema principal centrándose en otra subtrama basada en la corrupción existente en Fuente Cedros y dar mayor protagonismo a la relación amor-odio existente entre Joao y Diego, con lo que el desarrollo de la historia y el ritmo de la película se resienten notablemente.
Por el contrario, como aspecto positivo tenemos la más que correcta y clásica labor del director que consigue escenas bastante notables como aquella con la que se inicia la película mediante un bello y largo travelling a lo largo de una tapia, la del cementerio con un precioso contrapicados desde la tumba enfocando al desconsolado héroe o el enfrentamiento final entre Diego y el sicario McCoy en la oficina del sheriff que se produce fuera de campo con lo que consigue un momento de gran suspense hasta conocer el resultado del mismo. No obstante en su debe, para mí, debe anotarse esa tendencia excesiva hacia el melodrama con escenas que no aportan demasiado al filme y rompen el ritmo de la película como en la que Don César vuelve a su hacienda vacía y recorre desconsoladamente las distintas habitaciones de la misma, secuencia orquestada, además, con un tema excesivamente trágico.
Por otra parte el espíritu clásico del filme, apuntado en la dirección, queda también patente en algunas referencias a westerns estadounidenses. Así, no creo que sea casualidad que los bandidos sean siete, número mágico para el aficionado al western desde que John Sturges hizo cabalgar en 1959 a sus magníficos; mientras que la escena en la que vemos pasar los años mientras Don César y Joao buscan a los asesinos de la esposa del primero por unos paisajes nevados me recordó a otra muy similar de “Centauros del desierto” (John Ford, 1956). Incluso la estructura circular del largometraje, al comenzar y finalizar en la misma localidad, también recuerda a la mencionada obra maestra, aunque este hecho no sé si se debió a la necesidad de convertir la obligación en virtud ante el escaso presupuesto con el que se contó, como se aprecia en las escasas localizaciones y en la pobre ambientación de la película.
Otro aliciente del largometraje lo constituye el elenco actoral, puesto que salvo en el caso del protagonista, el soso actor argentino Geofrey Horne que tuvo su momento de gloria al formar parte en 1957, junto a William Holden y Jack Hawkins, del comando encargado de volar “El puente sobre el Río Kwai” en la grandiosa superproducción de David Lean, forman parte del reparto interpretes cuyos rostros se harían muy familiares para los aficionados a este subgénero. Así, como los amigos de Don César Guzmán nos encontramos por una parte a Paul Piaget, una especie de Charlton Heston europeo pero sin el carisma y el talento de éste que rodaría siete westerns en apenas cuatro años para después desaparecer, dando vida al curioso, por ser una figura de nacionalidad extraña para un western, pistolero portugués Joao de Silveira, el típico aventurero romántico, de nuevo recuerda a algún personaje de “Los siete magníficos”, que ayudará desinteresadamente a Don César porque según sus propias palabras “sin riesgo en la vida no merece la pena vivir”; mientras que el gran Fernando Sancho, uno de los iconos indiscutibles del western hecho en Europa, encarna al mejicano Diego Abriles, un personaje que repetirá en decenas de spaghettis y que se caracterizaría por su personalidad expansiva y dicharachera, además de presentárnoslo aquí como un individuo enamoradizo y, al igual que el portugués, muy celoso de su honor lo que le lleva a estar dispuesto en todo momento a batirse en duelo. Como personajes negativos nos encontramos al “marchentiano” Robert Hundar, en realidad Claudio Undari, que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los grandes malvados de este subgénero, interpretando en esta ocasión al pérfido pistolero McCoy, el cual presenta muchas características con el personaje al que daría vida al año siguiente en la también comentada en este blog “Brandy”, puesto que pone sus revólveres al servicio del alcalde corrupto y viste totalmente de negro; además de en pequeños papeles a Raf Baldassarre como el corrupto ayudante del sheriff de Fuente Cedros y a Lorenzo Robledo como uno de los bandidos. Por supuesto no puedo dejar de citar a un insólito, por aparecer afeitado, Aldo Sambrell, figura casi indispensable del euro-western, en su debut en este subgénero en un papel, ¡cómo no!, de villano.
Por último, y en relación tanto con los personajes como con la ambientación del largometraje, cabe señalar otra característica de los filmes de esta primera etapa en los que intervino Mallorquí consistente en el peso del elemento hispano. Así, la película se desarrolla en un pueblo fronterizo y dos de los principales personajes son hispanos: Don César, un californiano de origen español, y Abriles, un mejicano bebedor de tequila y no de whisky, que, además, son los personajes positivos frente a los negativos (McCoy, el alcalde Hopkins, Bannon), todos ellos de ascendencia anglosajona (incluso el honrado sheriff de Fuente Cedros que renuncia a su cargo para no encarcelar a los héroes se llama José María y el único hacendado que apoya a Don César es don Julio Benavente).
Como curiosidad relacionada con los primeros westerns rodados en España, comentaros que en el díptico sobre “El Coyote” y, por lo menos, en uno de los dos filmes sobre “El Zorro” participó como guionista el posteriormente director de culto Jesús Franco.
En definitiva, un correcto western cuyo mayor hándicap es su exiguo presupuesto pero con un valor histórico indudable, por lo que lo recomiendo, sobre todo, para aquellos aficionados especialmente interesados en el inicio de la andadura del western hecho en Europa.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 5
AMBIENTACIÓN: 4
DIRECCIÓN: 6
ACTORES: 5
MÚSICA: 5
MEDIA: 5
España-Italia
Director: Joaquín Romero Marchent
Reparto: Geoffrey Horne, Paul Piaget, Fernando Sancho, Robert Hundar, Massimo Carocci, Cristina Gaioni, Giuseppe Addobatti, Raf Baldassarre, Aldo Sambrell, Rosa del Río, Antonio Gradoli, José Jaspe, Donatella Marrosu, Turia Nelson, Jesús Tordesillas, Simón Arriaga, Jesús Guzmán
Guión: Jose Mallorquí
Fotografía: Rafael Pacheco
Música: Manuel Parada
Coproducción italo-española de 1963 en la que intervinieron tres nombres capitales para el nacimiento del western europeo: el productor Eduardo Manzanos Brochero, el escritor y guionista José Mallorquí y el director Joaquín Luis Romero Marchent, que ya habían colaborado en el primitivo díptico sobre personaje creado por Mallorquí, “El Coyote” (“El Coyote” de 1955 y “La justicia del Coyote” de 1956); para embarcarse en 1962 en la adaptación al cine de otro héroe popular de origen hispano, “El Zorro” creado por Johnston McCullen, en otros dos filmes “La venganza del Zorro” y “Cabalgando hacia la muerte”. En esta última se incorporó al terceto como productor el abogado Alberto Grimaldi, otro personaje fundamental para el desarrollo del euro-western.
Animados por la acogida, sobre todo en Italia, de las aventuras del Zorro el cuarteto decide realizar otro western para lo que adaptarán de nuevo unos personajes creados por Mallorquí, bajo el seudónimo de Amadeo Conde, con anterioridad a “El Coyote” y como encargo de la Editorial Molino para competir con el personaje de “Pete Rice”, en la serie de marcado carácter hispánico Tres hombres buenos, de la que se editaron catorce títulos entre 1942 y 1947, con ilustraciones, entre otros, del prestigioso Carlos Freixas.
SINOPSIS: La mujer de Don César Guzmán, un hacendado de origen español, es asesinada por un grupo de bandidos que, además, le roban el dinero que tenía depositado en su caja fuerte. A partir de ese momento el objeto de la vida del hacendado lo constituirá la venganza, para la que contará con dos pistas, un alfiler que arrancó su mujer al asesino antes de morir y la herradura perdida por uno de los caballos de los bandoleros; así como, con la desinteresada ayuda de dos pistoleros, el portugués Joao de Silveira y el mejicano Diego Abriles.
La película, por tanto, pivota en torno al argumento de la venganza, uno de los temas más desarrollados por los westerns hechos en Europa, incluso por el propio director en sus dos mejores westerns (la estupenda y comentada en este blog “Condenados a vivir” no creo que se pueda considerar así) pero sin la hondura y profundidad con la que fue tratada en los mismos. Así, en la también comentada en este blog “El sabor de la venganza” (1963), Romero Marchent nos mostraba en la fabulosa escena final cómo ésta sólo genera muerte y dolor, y en “Antes llega la muerte” (1964), que también cuenta con su correspondiente entrada, el personaje de Ringo se embarcaba en un viaje físico y espiritual, en el que el perdón jugaba un papel básico, que le transformaba profundamente y, en cierta forma, le redimía convirtiéndole en un hombre nuevo, como quedaba puesto de manifiesto en una bellísima escena en la que ofrecía agua de su cantimplora a aquél que herido de muerte había sido hasta ese momento el objeto de su venganza. Sin embargo, y a diferencia de estas películas, el largometraje que nos ocupa carece de cualquier consideración moral en torno a la venganza y el protagonista actúa de forma monolítica (muy avanzado el filme, ante la pregunta de una vecina acerca de la posibilidad de que perdone a los asesinos de su mujer, él sin dudarlo responde “Nunca, ni aún después de muertos los perdonaré”).
Pero, para mí, el principal problema no radica en esta falta de consideraciones morales sino en la irregularidad del filme, que cuenta con un comienzo vertiginoso en el que asistimos al asesinato de la mujer del protagonista, al ajusticiamiento por parte del héroe de tres de los participantes en el luctuoso acontecimiento, a su encuentro con el portugués, al enterramiento de su mujer y al enfrentamiento de César con otro de los bandidos; para a partir de ese momento, que coincide con la aparición de Diego, la película hacerse más dispersa, abandonar durante gran parte del metraje el tema principal centrándose en otra subtrama basada en la corrupción existente en Fuente Cedros y dar mayor protagonismo a la relación amor-odio existente entre Joao y Diego, con lo que el desarrollo de la historia y el ritmo de la película se resienten notablemente.
Por el contrario, como aspecto positivo tenemos la más que correcta y clásica labor del director que consigue escenas bastante notables como aquella con la que se inicia la película mediante un bello y largo travelling a lo largo de una tapia, la del cementerio con un precioso contrapicados desde la tumba enfocando al desconsolado héroe o el enfrentamiento final entre Diego y el sicario McCoy en la oficina del sheriff que se produce fuera de campo con lo que consigue un momento de gran suspense hasta conocer el resultado del mismo. No obstante en su debe, para mí, debe anotarse esa tendencia excesiva hacia el melodrama con escenas que no aportan demasiado al filme y rompen el ritmo de la película como en la que Don César vuelve a su hacienda vacía y recorre desconsoladamente las distintas habitaciones de la misma, secuencia orquestada, además, con un tema excesivamente trágico.
Por otra parte el espíritu clásico del filme, apuntado en la dirección, queda también patente en algunas referencias a westerns estadounidenses. Así, no creo que sea casualidad que los bandidos sean siete, número mágico para el aficionado al western desde que John Sturges hizo cabalgar en 1959 a sus magníficos; mientras que la escena en la que vemos pasar los años mientras Don César y Joao buscan a los asesinos de la esposa del primero por unos paisajes nevados me recordó a otra muy similar de “Centauros del desierto” (John Ford, 1956). Incluso la estructura circular del largometraje, al comenzar y finalizar en la misma localidad, también recuerda a la mencionada obra maestra, aunque este hecho no sé si se debió a la necesidad de convertir la obligación en virtud ante el escaso presupuesto con el que se contó, como se aprecia en las escasas localizaciones y en la pobre ambientación de la película.
Otro aliciente del largometraje lo constituye el elenco actoral, puesto que salvo en el caso del protagonista, el soso actor argentino Geofrey Horne que tuvo su momento de gloria al formar parte en 1957, junto a William Holden y Jack Hawkins, del comando encargado de volar “El puente sobre el Río Kwai” en la grandiosa superproducción de David Lean, forman parte del reparto interpretes cuyos rostros se harían muy familiares para los aficionados a este subgénero. Así, como los amigos de Don César Guzmán nos encontramos por una parte a Paul Piaget, una especie de Charlton Heston europeo pero sin el carisma y el talento de éste que rodaría siete westerns en apenas cuatro años para después desaparecer, dando vida al curioso, por ser una figura de nacionalidad extraña para un western, pistolero portugués Joao de Silveira, el típico aventurero romántico, de nuevo recuerda a algún personaje de “Los siete magníficos”, que ayudará desinteresadamente a Don César porque según sus propias palabras “sin riesgo en la vida no merece la pena vivir”; mientras que el gran Fernando Sancho, uno de los iconos indiscutibles del western hecho en Europa, encarna al mejicano Diego Abriles, un personaje que repetirá en decenas de spaghettis y que se caracterizaría por su personalidad expansiva y dicharachera, además de presentárnoslo aquí como un individuo enamoradizo y, al igual que el portugués, muy celoso de su honor lo que le lleva a estar dispuesto en todo momento a batirse en duelo. Como personajes negativos nos encontramos al “marchentiano” Robert Hundar, en realidad Claudio Undari, que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los grandes malvados de este subgénero, interpretando en esta ocasión al pérfido pistolero McCoy, el cual presenta muchas características con el personaje al que daría vida al año siguiente en la también comentada en este blog “Brandy”, puesto que pone sus revólveres al servicio del alcalde corrupto y viste totalmente de negro; además de en pequeños papeles a Raf Baldassarre como el corrupto ayudante del sheriff de Fuente Cedros y a Lorenzo Robledo como uno de los bandidos. Por supuesto no puedo dejar de citar a un insólito, por aparecer afeitado, Aldo Sambrell, figura casi indispensable del euro-western, en su debut en este subgénero en un papel, ¡cómo no!, de villano.
Por último, y en relación tanto con los personajes como con la ambientación del largometraje, cabe señalar otra característica de los filmes de esta primera etapa en los que intervino Mallorquí consistente en el peso del elemento hispano. Así, la película se desarrolla en un pueblo fronterizo y dos de los principales personajes son hispanos: Don César, un californiano de origen español, y Abriles, un mejicano bebedor de tequila y no de whisky, que, además, son los personajes positivos frente a los negativos (McCoy, el alcalde Hopkins, Bannon), todos ellos de ascendencia anglosajona (incluso el honrado sheriff de Fuente Cedros que renuncia a su cargo para no encarcelar a los héroes se llama José María y el único hacendado que apoya a Don César es don Julio Benavente).
Como curiosidad relacionada con los primeros westerns rodados en España, comentaros que en el díptico sobre “El Coyote” y, por lo menos, en uno de los dos filmes sobre “El Zorro” participó como guionista el posteriormente director de culto Jesús Franco.
En definitiva, un correcto western cuyo mayor hándicap es su exiguo presupuesto pero con un valor histórico indudable, por lo que lo recomiendo, sobre todo, para aquellos aficionados especialmente interesados en el inicio de la andadura del western hecho en Europa.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 5
AMBIENTACIÓN: 4
DIRECCIÓN: 6
ACTORES: 5
MÚSICA: 5
MEDIA: 5
miércoles, 30 de mayo de 2012
GRINGO
Gringo (Duello nel Texas)
1963
España/Italia
Director: Ricardo Blasco
Reparto: Richard Harrison, Giacomo Rossi-Stuart, Mikaela, Sara Lezana, Daniel Martín, Rodolfo de Campo, Bernabe Barta Barri, Aldo Sambrell, Agustín González, Bruna Simionato, Angel Solano, Gonzalo Esquiroz, Tito Garcia, José Calvo, Alfonso Rojas, Xan Das Bolas, José Luis Chinchilla, Rafael Vaquero, Nathan D'Eagle, Telly Thomas
Guión: James Prindle, Albert Band, Ricardo Blasco
Fotografía: Massimo Dallamano
Música: Ennio Morricone
Coproducción italo-española dirigida en 1963 por Ricardo Blasco, un cineasta de gran cultura (historiador, escritor, crítico) pero con escaso bagaje como director (había participado en la década anterior como ayudante de dirección en algunos éxitos del cine español como “Los ladrones somos gente honrada” o “¿Dónde vas Alfonso XII?”) que había finalizado el rodaje de “Las tres espadas del Zorro” e incidiría en este personaje tres años después en su último largometraje “El Zorro cabalga otra vez”.
Nos encontramos, por tanto, con uno de los primeros westerns europeos filmados en España, westerns en cuya gestación y desarrollo cobraron gran importancia dos productores españoles: Eduardo Manzanos Brochero que, a través de su productora Copercines, rodó principalmente sus productos en los alrededores de Madrid y tuvo el acierto de encargar a la sociedad de decoradores Jaime Pérez Cubero-José Luis Galicia la construcción de un pueblo del oeste en Hoyo de Manzanares, el famoso Golden City, como decorado estable para las películas ambientadas en el Far-West; y José Gutiérrez Maesso, coproductor de este filme a través de su compañía Tecisa, que rodaría sobre todo en Almería (de hecho fue él quien daría a conocer al mundo las posibilidades de esta provincia andaluza como sustituta de los paisajes norteamericanas con la producción hispano-norteamericana, ya comentada en este blog, “Tierra brutal” dirigida por Michael Carreras en 1961).
Para la ocasión Maesso, que mantendría continuas disputas con Blasco en relación con la forma de abordar el filme, tan sólo se trasladaría a Almería, en concreto al desierto de Tabernes, para rodar algunos planos (de hecho esta película pasa por ser el primer spaghetti, entendido éste como un western rodado con capital italiano, filmado en esta provincia) mientras que el grueso del largometraje tuvo como escenario Madrid y sus alrededores, incluido el anteriormente citado Golden City. Además el filme se rodó en régimen de coproducción con la pequeña productora italiana Jolly Film de Arrigo Colombo y Giorgio Pappie, que se convertiría en fundamental para el desarrollo del western hecho en Europa al coproducir al año siguiente, junto a la aceptable y también comentada “Las pistolas no discuten”, el largometraje de Sergio Leone “Por un puñado de dólares”.
SINOPSIS: Richard un joven estadounidense apodado Gringo por haber sido adoptado por una familia de mejicanos, regresa de este país, tras haber participado en el virulento proceso revolucionario, para encontrarse con que su padre adoptivo ha sido asesinado por tres individuos que además les han robado el oro que guardaban en su cabaña. A partir de ese momento se lanzará a investigar la identidad de los asesinos chocando con la incomprensión y la actitud racista del sheriff de la localidad.
La película, resultado de mezclar dos géneros como el de suspense, con la investigación del asesinato por parte del protagonista, y el western, cuenta con un más que aceptable inicio, de ritmo trepidante, en el que a través de tres escenas sucesivas y bien montadas conocemos a la familia del protagonista para, a continuación, presentarnos a Gringo en plena revolución acorralado y perseguido por el ejército mejicano, en una competente secuencia de acción lastrada, no obstante, por algunos pequeños defectos que afectan a la credibilidad de la misma, como las muertes excesivamente teatrales y los uniformes de los soldados mejicanos que no corresponden a la época, y, por último, asistimos al asesinato del padre del protagonista por tres individuos enmascarados, hecho que dará lugar a todo el drama posterior. Pero a partir de ese momento da la sensación de que los guionistas, entre los que se encuentran el propio director y Albert Band, guionista, director y productor estadounidense, aunque nacido en París, que participó como asistente de dirección de John Huston en “La jungla de asfalto” y adaptó al cine el clásico de Stephen Crane, también dirigida por Huston, “La roja insignia del valor”; además de escribir varios libretos para spaghettis como “Las pistolas del norte de Texas” de 1965 que también dirigió y supuso el debut en este subgénero de Franco Nero, o las ya comentadas en este blog “Los despiadados” de 1967 y “Un minuto para rezar, un segundo para morir” de 1968, se quedaron sin ideas por lo que el western se desliza hacia caminos más trillados entre los que no pueden faltar las típicas persecuciones a caballo, por otra parte bastante bien rodadas, o las no menos tópicas pelea en el saloon e historia de amor.
Uno de los aspectos más destacados del largometraje es la cuidada planificación de las escenas y los acertados movimientos de cámara tanto en exteriores como en interiores, de cuyo resultado, supongo, no fue ajeno el director de fotografía Jack Dalmas, seudónimo de Massimo Dallamano. Otro nombre ilustre en el desarrollo del spaghetti al haber participado en las fundacionales “Por un puñado de dólares” y “La muerte tenía un precio”, además de haber dirigido, antes de morir prematuramente en un accidente, “Bandidos” (1967), para mí uno de los mejores euro-westerns, y competentes películas de suspense como “¿Qué habéis hecho con Solange?” (1972) y “Corrupción de menores” (1974).
También me ha parecido interesante el hecho de que junto a la clara influencia del western serie b norteamericano (característica común para los filmes ambientados en el far-west realizados en Europa antes del boom leoniano ya que se inspiraron en éste) nos encontramos con ciertos elementos que anuncian algunas de las particularidades de lo que conocemos como el spaghetti-western. Así, por una parte y como solía ocurrir en los westerns estadounidenses, se da una mayor importancia a la historia amorosa (en este caso se trata de una relación interracial entre los hermanos adoptivos que recuerda vagamente a la protagonizada por Burt Lancaster y Audrey Hepburn en el filme de John Huston de 1960 “Los que no perdonan”), mientras que el héroe es un hombre recto que carece de la ambigüedad moral propia del antihéroe de los spaghettis y su forma de actuar se basa en “la búsqueda de la paz, la ley y el orden”, como él mismo señala, y no en la venganza o en el lucro personal como era habitual en los westerns rodados en Europa. Pero, por otra parte, nos encontramos con algunos elementos más propios de la forma de entender el lejano Oeste por los europeos como, por ejemplo, una mayor dosis de violencia; cierta visión crítica del Oeste al presentarnos una sociedad racista en la que la población anglosajona desprecia a los habitantes mejicanos, si bien este racismo está matizado al estar personalizado en unos pocos personajes como los hermanos Wilson y el sheriff Corbett (en este sentido son muy significativas la conversación entre Gringo y su hermana en la que ésta le comenta “El sheriff Corbett no se mueve tan aprisa como lo hacía Reilly, sobre todo si se trata de los mejicanos” y la escena en la que los hermanos Wilson humillan en el saloon a los mejicanos poniéndoles la zancadilla ante la pasividad del resto de los clientes); la localización de la historia en un pueblo fronterizo (caracterísrtica común con varios westerns preleonianos), hecho que se debió fundamentalmente a razones económicas ya que era más fácil hacer pasar a los extras por mejicanos que por yankees; algunos personajes como el del psicópata Zeke Wilson interpretado por Agustín González; o, incluso, la forma de rodar el duelo final con primerísimos planos de escasa duración de los rostros o de las manos y revólveres de los contendientes.
Por lo que respecta a la banda sonora, fue compuesta por otro hombre capital en el desarrollo del western europeo Ennio Morricone, en esta ocasión bajo el seudónimo de Dan Savio. Lejos de sus más afamadas aportaciones, para este filme compuso unos temas muy variados de sonoridad clásica (recuerdan ligeramente a compositores como el gran Elmer Bernstein) entre los que sin duda destaca la pegadiza canción principal “A Gringo like me” interpretada por Peter Tevis.
El aspecto más flojo de la película creo que lo constituye su elenco. Así en los tres papeles masculinos protagonistas nos encontramos con el inexpresivo Richard Harrison, uno de los escasos actores que se recicló con éxito del peplum al spaghetti y del que se dice recomendó a su amigo Clint Eastwood para el papel del hombre sin nombre de “Por un puñado de dólares”, que da vida a Gringo, el típico héroe sin mácula; como su antagonista, el sheriff Lance Corbett, al repeinado, envarado y mediocre Giacomo Rossi-Stuart, otro actor con experiencia en el género de sandalias y espadas al que se le pudo ver en algunos spaghettis como “Degüello” (primer western de Giussepe Vari de 1966), la estimable “Un ejército de cinco hombres” (1969), la poco recomendable “Tequila” (1971) o la aceptable “Les llamaban y les llaman dos sinvergüenzas” (1971) (las tres últimas cuentan con sus correspondientes reseñas); mientras que Manuel, el hermano mejicano de Gringo, está interpretado, bajo el seudónimo de Dan Martin, por otro habitual de este subgénero, el limitado actor murciano Daniel Martín, que me resultó el más entonado de los tres. Por lo que respecta a los principales papeles femeninos tenemos, en una operación parecida a la realizada con Paquita Rico en “Tierra brutal”, a la cantante Mikaela que como María Huertas, dueña del saloon, antiguo amor de Gringo y actual amante del sheriff con un secreto a guardar, demuestra que lo suyo no era el drama y a la que el director reserva la consabida y prescindible escena con canción; y a una jovencísima, tan sólo quince años, e inexperta Sara Lezana en el papel de Elisa, la hermanastra de Gringo. Menos mal que para compensar también aparecen algunos secundarios como el gran José Calvo en el rol de Francisco, un compañero de correrías revolucionarias de Gringo, y, en el año de su debut en el western, Aldo Sambrell en un papel sin línea de diálogo.
En definitiva un digno ejemplo de los primeros westerns que se rodaron en España, cuidado formalmente y muy bien orquestado pero que se ve lastrado por un guión sin demasiada imaginación y, sobre todo, por unos actores poco adecuados.
Por último comentaros que si estáis interesados en los primeros pasos del western realizado en España, además de los capítulos iniciales de “Western a la europea…un plato que se sirve frío” de Anselmo Núñez Marqués y “Breve historia del western mediterráneo” escrito por Rafael de España, os recomiendo la lectura de “Spanish western. El cine del Oeste como subgénero español (1954-1965)” de Pedro Gutiérrez Recacha, un estupendo y ameno libro en tono didáctico, no en vano es profesor de Universidad, y muy bien documentado.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 5.
AMBIENTACIÓN: 6.
DIRECCIÓN: 6.
ACTORES: 4.
MÚSICA: 6
MEDIA: 5,4.
HISTORIA: 5.
AMBIENTACIÓN: 6.
DIRECCIÓN: 6.
ACTORES: 4.
MÚSICA: 6
MEDIA: 5,4.
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