Mi nombre es Ninguno (Il mio nome è Nessuno)
1973
Italia
Director: Tonino Valerii
Reparto: Terence Hill, Henry Fonda, Jean Martin, Piero Lulli, Mario Brega, Marc Mazza, Benito Stefanelli, Rainer Peets, Antoine Saint-John, Franco Angrisano, Tommy Polgár, Hubert Mittendorf, Emil Feist, Carla Mancini, Luigi Antonio Guerra, Angelo Novi, Ullrich Müller, Claus Schmidt, R.G. Armstrong, Karl Braun, Leo Gordon, Steve Kanaly, Geoffrey Lewis, Larry Melton, Neil Summers, Antonio Molino Rojo.
Guión: Fulvio Morsella, Ernesto Gastaldi, Sergio Leone
Guión: Fulvio Morsella, Ernesto Gastaldi, Sergio Leone
Fotografía: Armando Nannuzzi, Giuseppe Ruzzolini
Música: Ennio Morricone
SINOPSIS: Jack Beauregard, un veterano y famoso pistolero, decide retirarse y pasar los últimos años de su vida en Europa. Sin embargo, en su camino se cruzará un joven admirador, Ninguno, que le presionará para que se enfrente al Grupo Salvaje con el objeto de convertirle en leyenda.

Coproducción italo-franco-alemana de 1973 en la que participaron entre otras compañías la productoras Rialto, responsable de la mayoría de los filmes alemanes basados en obras de Karl May sobre Winnettou, y Rafran Cinematográfica de Sergio Leone. La dirección corrió a cargo de uno de los alumnos más aventajados del maestro romano, Tonino Valerii que venía de rodar el año anterior la notable “Una razón para vivir y otra para morir”, especie de adaptación del filme bélico “Doce del patíbulo” (Robert Aldrich, 1969) al universo del western. Sin embargo, parece que gran parte de la autoría se debe al propio Leone, no sólo porque ejerció un control muy férreo sobre la misma, lo que llevó a continuos enfrentamientos entre el maestro y el discípulo, sino porque la idea y la concepción del filme, como señala Terence Hill en una entrevista realizada en 2002, fue obra suya.
En todo caso, nos encontramos con una película ambiciosa en la que, en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico (utilización del cine para meditar sobre él), y como señala Anselmo Nuñez en su estupendo “Western a la europea…un plato que se sirve frío”, lleva a cabo una lúcida y nostálgica reflexión sobre la muerte del western clásico e, incluso, del euro western a manos del spaghetti cómico, corriente que inundó las pantallas cinematográficas a principios de la década de los setenta tras el gran éxito del díptico sobre las andanzas de Trinidad dirigido por Enzo Barboni, y a la que sucumbieron importantes referentes del spaghetti como Sergio Corbucci (“¿Qué nos importa la revolución?”, 1972), Giulio Petroni (“Ya le llaman Providencia”, 1972) o Enzo G. Castellari (“Tedeum”, 1972). De tal forma que da la sensación de que la película fue concebida por Leone, como también explica Hill en la entrevista reseñada, como una despedida a lo grande del western serio. En este sentido cobra gran importancia la conversación mantenida por ambos protagonistas en su primer encuentro, en el que Ninguno afirma “Si decides marcharte ¿Quién queda aquí? Ninguno. Un tipo como tú debe abandonar a lo grande”. Y desde el primer momento se aprecia la intención de identificar a cada uno de los personajes con una forma distinta de entender las películas del Oeste, puesto que el viejo pistolero representaría al caduco western clásico expulsado por la nueva corriente humorística a la que da vida Ninguno. En este sentido la película cuenta con abundantes y estupendos diálogos de una fuerte carga simbólica como la que tiene lugar a continuación de la reseñada anteriormente en la que Beauregard le dice a Ninguno: “¿Sabes qué les pasa a los admiradores? Terminan volviéndose envidiosos, arrogantes y fatuos. Seguros de sí y, por último, cadáveres”, mientras que Ninguno le responde “Sí hay a quienes les sienta mal vivir demasiado”; aquella que se desarrolla en el cementerio en la que Ninguno reconoce que: “A mí me gusta que la gente me vea” y Beauregard le responde “Puede que la gente no comparta tu gusto”; o distintas afirmaciones del maduro pistolero dirigiéndose al joven del tipo de “Veo que has conseguido encontrar el puesto adecuado” y “Prefiero morir por mi culpa que vivir por la tuya”. Quedando reforzado el carácter simbólico de la historia de Beauregard con la emotiva carta que le escribe a su joven compañero al final de la película.
La elección de los actores también obedece a esta intención. Así para interpretar a Beauregard contaron con Henry Fonda, actor con el que ya había trabajado Leone en la memorable “Hasta que llegó su hora” (1968) y del que obtuvo una inolvidable interpretación como el malvado Frank, fácilmente identificable con el western hollywoodiense al haber protagonizado algunos grandes clásicos como “Tierra de audaces” (Henry King, 1939), “Incidente en Ox-Bow” (William Wellman, 1943), “Pasión de los fuertes” (John Ford, 1946), “Fort Apache” (John Ford, 1948) o “El hombre de las pistolas de oro” (Edward Dmytryk, 1959). Nos ofrece una nueva lección interpretativa caracterizada por su sobriedad. Sólo por volverle a ver mirar, moverse, andar y montar a caballo merece la pena la película (como John Ford dijo una vez a un periodista: “¿Usted ha visto caminar a Henry Fonda? Eso es cine”). Como contrapunto en el papel de Ninguno nos encontramos a Terence Hill en plena popularidad tras haber protagonizado las dos entregas de Trinidad, con lo que su identificación con el spaghetti western cómico era evidente (parece ser que fue Leone quien se dirigió al actor indicándole que le había gustado mucho su personaje de Trinidad pero que le gustaría verlo en una historia más profunda). De hecho Hill vuelve a encarnar a su personaje más famoso: un pícaro sucio y desarrapado, veloz como el rayo con el colt y apasionado de las judías que engulle en grandes sartenadas.

Por tanto sólo quedaría por referenciar al western hecho en Europa del que el propio Leone era su máximo exponente. Problema creo que solucionado con las abundantes referencias que contiene la película a los diferentes spaghettis realizados por él: la escena inicial prácticamente muda cuyo silencio sólo se ve interrumpido por el sonido de un objeto, en este caso un reloj, en la que tres hombres esperan al protagonista para acabar con él que recuerda al comienzo de “Hasta que llegó su hora”; las dos secuencias en las que los protagonistas disparan sobre sus sombreros muy similares a otra de “La muerte tenía un precio”; o la búsqueda de las distintas tumbas en el cementerio que remite a “El bueno, el feo y el malo”. Incluso, en parte, el personaje de Ninguno sin pasado y sin nombre recuerda en este sentido a los protagonizados por Clint Eastwood para su famosa trilogía.
Otro aspecto curioso del spaghetti son las constantes citas a Sam Peckinpah, director con el que mantenía Sergio Leone por aquella época una difícil relación. Y a pesar de lo que he leído no me queda clara la intención del realizador romano. Tomemos como ejemplo la famosa escena en el cementerio con la cruz en la que está inscrito el nombre del director estadounidense. Leone parece sugerir la muerte creativa de éste, en un época en la que, sin embargo, nos dejó estupendos largometrajes (“La balada de Cable Hogue”, “Perros de paja”, “Junior Bonner”, “La huida” o “Pat Garret y Billy the Kid”, realizadas a comienzos de los años setenta), pero por otra parte, salvo que sea un error en la traducción, Ninguno afirma de su nombre que “Debe tener un significado precioso en navajo”. ¿Burla? ¿Reconocimiento? Por otra parte Tonino Valerii recurre a la ralentización de las imágenes tan característica del estilo de Peckinpah tanto en la secuencia inicial como en la del enfrentamiento con el Grupo Salvaje; el propio Grupo Salvaje es una clara referencia ¿homenaje? a su obra maestra; y, por último, en la película tiene un papel destacado R. G. Armstrong actor habitual en los largometrajes del realizador norteamericano (“Duelo en la alta sierra”, “Mayor Dundee”, las mencionadas “La balada de Cable Hogue y “Pat Garret and Billy the Kid”). En fin, aquí dejo planteada la controversia para aquellos que tengan más información.
Pero volvamos a la película. Había comentado, y he tratado de argumentar el porqué, que se trata de un filme ambicioso aunque esto no supone que sea perfecto; es más, creo que por momentos es irregular, produciéndose un cierto desequilibrio entre las escenas protagonizadas por los dos actores principales. Así sobre Terence Hill recaen las secuencias cómicas en las que se repiten los gags típicos de Trinidad e, incluso, no falta la escena en unos urinarios de dudoso gusto; escenas que, como la que se desarrolla en el pueblo en fiestas, rompen el ritmo de la película. Pero junto a ellas nos encontramos con las que tienen como protagonista a Fonda, todas ellas soberbias y de gran belleza, entre las que destaca la correspondiente a los momentos anteriores al enfrentamiento del maduro pistolero con el Grupo Salvaje en la que le vemos de forma pausada desmontar, dar de beber a su caballo, coger los dos winchesters apoyándolos en los raíles del tren y contemplar el infinito horizonte en el que se atisba al Grupo Salvaje, y todo esto mientras escuchamos un precioso tema musical. Magistral.

La banda sonora fue encargada a Ennio Morricone y, como solía ser habitual, no sólo es muy variada y de una gran belleza sino que juega un papel fundamental en el desarrollo de la película. Así destacan un tema hermosísimo y de corte melancólico con el que se identifica a Beauregard y otro de carácter cómico adjudicado a Ninguno; mientras que el Grupo Salvaje cuenta con el suyo propio de tono épico que comienza con “Las Walkirias” de Wagner (nuevo acierto anterior a la utilización de este tema por parte de Coppola en su famosa secuencia de los helicópteros en “Apocalypse Now”), además de reservarse uno para el enfrentamiento entre los dos protagonistas que recuerda ligeramente a otro que se podía escuchar en “Hasta que llegó su hora”.
Tengo el DVD editado por Impulso con una imagen decente pero un sonido bastante mejorable. En cuanto a los extras, y junto con las habituales fichas técnicas y artísticas, contiene una corta pero jugosa entrevista a Terence Hill aunque horrorosamente subtitulada.
Como curiosidad señalaros el homenaje que rinde el largometraje en la escena de los espejos a Orson Welles y su “Dama de Shangai” (1947).
En definitiva un filme algo irregular pero muy emotivo y de una gran belleza, sobre todo las escenas correspondientes al personaje de Fonda, por lo que suscribo lo que le dijo Leone a Hill mientras editaba la escena del enfrentamiento entre Beauregard y el Grupo Salvaje: “Este es el Oeste, este es el Oeste que amo”.
PUNTUACIÓN:
HISTORIA: 7
AMBIENTACIÓN: 8
DIRECCIÓN: 8
ACTORES: 8
MÚSICA: 8
MEDIA: 7,8






