miércoles, 4 de abril de 2012

EL BANDIDO MALPELO




El bandido Malpelo (Il lungo giorno della violenza)
1971
Italia/España
Director: Giuseppe Maria Scotese
Reparto: Eduardo Fajardo, George Carvell, Charo López, José Nieto, Sergio Doria, Giovanni Pallavicino, Miguel Del Castillo, Léa Nanni, Antonio Cintado, Rita Forzano, Rafael Albaicàn, Gian Paolo Santini, Ruggero Salvatori, Rufino Inglés, Antonio Cintado
Guión: Giuseppe Maria Scotese, Eduardo M. Brochero
Fotografía: Giampaolo Santini
Música: Marcello Giombini

Coproducción italo-española de 1971 en la que intervino el prolífico Eduardo Manzanos Brochero a través de su Copercines, Cooperativa Cinematográfica, junto a una pequeña productora italiana, y que en esta ocasión, para la filmación en exteriores, abandonó su poblado de Golden City y alrededores por los paisajes de Almería, buscando, supongo, una mayor semejanza con la geografía de México, país en donde se desarrolla la acción de la película.

La dirección, en la que fue su única incursión en este subgénero, fue encargada a Giuseppe Maria Scotese, realizador, guionista y pintor con varias películas de aventuras en su haber (entre ellas “Il pirata di Capri” de 1949 codirigida por el injustamente olvidado Edgar G. Ulmer, autor de la imprescindible “Detour” una pesimista road-movie sobre la fatalidad y la imposibilidad de modificar el destino) y querencia por los documentales (su último largometraje de 1983, “Cannibali domani”, se puede encuadrar dentro del denominado cine Mondo, subgénero surgido en los años sesenta y de gran popularidad durante la década de los setenta)



SINOPSIS: México 1914. Diego Medina, un joven revolucionario, es el portador de unos valiosísimos documentos sobre la defensa de la ciudad de Zacatecas necesarios para la conquista de ésta por Pancho Villa. En su intento de hacer llegar los papeles al general topará con un bandolero, Malpelo, que finalmente se convertirá en su principal aliado.

Película bastante difícil de visionar y de la que no tenía ningún tipo de referencia por lo que, dados el, para mí, mal escogido título y el año de producción de la misma pensé que se trataba del típico spaghetti western cómico. Pero tanto los títulos de crédito como el inició del largometraje me sacaron inmediatamente de mi error al aparecer intercalados junto a los créditos varios planos en los que se ve fusilar a cámara lenta a unos individuos delante de una tapia en la que se hacía referencia al proceso revolucionario (de hecho “¡Que viva México!“ era el título inicialmente previsto para el filme), para a continuación contemplar una escena en la que los militares persiguen y asesinan a un sindicalista. Y es que nos encontramos ante un aceptable zapata western que especula con los momentos inmediatamente anteriores a la toma de la ciudad de Zacatecas por el ejército villista (junio de 1914), hecho que supuso el golpe definitivo para la presidencia del general-dictador Huerta.

Como solía ocurrir en los zapata westerns y gracias al guión, entre otros, del propio Manzanos y de Scotese, que cuenta con unos diálogos más trabajados de lo habitual, la película sirve para reflexionar sobre la revolución y el valor de la misma como último recurso de las clases más desfavorecidas, en este caso el campesinado, los indios y peones que viven en unas condiciones infrahumanas cuando no son asesinados, para hacer justicia y acabar con unas leyes dictadas por los poderosos con el objeto de perpetuar su poder (en el largometraje se indica que sólo doscientas familias controlaban todo el estado mexicano); al mismo tiempo que se intenta llevar a cabo un paralelismo entre la situación de México a principios de siglo y el estado general del subcontinente sudamericano en la época de la realización del filme en el que proliferaron las dictaduras militares. Incluso se critica la injerencia del gobierno de los EEUU en este subcontinente al afirmar uno de los personajes que el embajador Wilson estuvo directamente implicado en el asesinato de Madero.

Sin embargo, la película, aunque plantea la revolución como única salida para combatir el abuso de poder, es tremendamente crítica con sus resultados, pues generalmente son las clases más desfavorecidas, en principio desideologizadas pero a la postre necesariamente protagonistas de la misma, las que se ven traicionadas sistemáticamente.

El largometraje hace hincapié, a través de la figura de Malpelo, en el proceso de ideologización de las clases oprimidas que, lógicamente, carecen de estudios (el propio Malpelo apenas sabe leer) y, en principio, no aspiran a cambiar la situación sino que ante tanta desmesura se han visto obligados a vivir fuera de la ley (de hecho Malpelo llega a afirmar en un momento dado que “Pancho Villa era también un bandido como nosotros”), subrayándose, de esta forma, la idea de que la línea que separa a los revolucionarios de los bandoleros es muy delgada. De ahí la importancia de una minoría ilustrada que canalice ese descontento, minoría que está representada tanto por Diego, un sobrino de militar y por tanto un burgués perteneciente a la clase dominante que, además, se ha formado en la Universidad de Berkley y representa al intelectual concienciado (ante la afirmación de que sus manos no son las de un trabajador no duda en responder que “No sólo se trabaja con la manos”, frase con la que reafirma cuál es su posición y su verdadera clase social), como de su primer contacto en suelo mexicano, un ex seminarista cuyo posicionamiento ideológico, basado en la condena de la pobreza y en los sistemas que la perpetúan deshumanizando al hombre, entroncaría con la incipiente, en el momento de realización del filme, corriente de la Teología de la Liberación.



Filme, por tanto, con un fondo muy atractivo pero, para mí, parcialmente fallido ya que se produce un claro desequilibrio con proliferación de escenas de carácter reflexivo, sobre todo en los dos primeros tercios del largometraje, y de relleno frente a las escenas de acción que lastran el desarrollo de la historia, a lo que se une la dirección carente de brío y ritmo por parte de Scotese, por lo que la película durante buena parte de su metraje pierde una de las características propias de este subgénero como es la agilidad narrativa y, tras un buen comienzo, se vuelve bastante premiosa. Pero, sorprendentemente, en el último tercio los acontecimientos se suceden a una gran velocidad y el director nos ofrece las mejores secuencias por su dramatismo, aquella en la que los dos protagonistas ven el pueblo arrasado por los hombres de Huerta, y espectacularidad, el enfrentamiento de los héroes con los hombres que les persiguen en la que se utiliza en algunos planos la cámara subjetiva; para llegar a las dos últimas escenas que creo sitúan a la película por encima de la media de este género y en la que contemplamos a un generoso, altruista, digno, honorable y concienciado con el valor de la revolución Malpelo para inmediatamente después cerrarse el film con una secuencia marcadamente desoladora y sarcástica que muestra la inutilidad del esfuerzo de los dos protagonistas como metáfora del fracaso del proceso revolucionario.

Desgraciadamente el largometraje cuenta con una limitación que afecta visiblemente a su conjunto, su exiguo presupuesto. De tal forma que da la sensación de que tanto los encargados de la decoración (la fiable sociedad Cubero-Galicia) como los responsables de la dirección de producción tuvieron verdaderos problemas para encontrar localizaciones y decorados que redundarán en la verosimilitud de la historia, sucediéndose escenas cuyas pobres localizaciones deslucen notablemente la película. Incluso la escasez de medios les lleva a no poder mostrarnos una batalla sino tan sólo su resultado.

Por el contrario, Marcelo Giombini compuso una acertada y apropiada banda sonora, con lo que las diferentes escenas de la película están muy bien orquestadas.

Por lo que respecta a los actores, nos encontramos con un enorme Eduardo Fajardo, en uno de sus escasos papeles protagónicos, dando vida de forma magistral al bandido Malpelo un hombre primitivo y tosco que ha hecho de la ley natural, la supervivencia de los fuertes, su norma de vida; pero que irá evolucionando tras conocer a Diego tomando conciencia del verdadero sentido del proceso revolucionario e implicándose en la misión de éste hasta el final. Lástima que como Diego, el joven intelectual implicado en la revolución, nos encontremos con el desconocido actor George Carvell que resulta bastante soso aunque se ve en este caso beneficiado por la labor de doblaje de Simón Ramírez. Junto a ellos una esforzada, aunque muy lejos de sus mejores interpretaciones, Charo López como Lupe, la amante de Malpelo que se verá atraída por la figura de Diego, y un veterano José Nieto aportando su oficio a la figura del capitán Orozco, el encarnizado perseguidor de los dos protagonistas

En resumen un interesante spaghetti, más por lo que apunta que por los resultados obtenidos, que se ve desgraciadamente lastrado por una paupérrima producción, pero con los suficientes aciertos para que sea recomendable su visión.

PUNTUACIÓN:


HISTORIA: 6
AMBIENTACIÓN: 3
DIRECCIÓN: 5
ACTORES: 6
MÚSICA: 6


MEDIA: 5,2