miércoles, 27 de junio de 2012

YO SOY LA REVOLUCIÓN





YO SOY LA REVOLUCIÓN (QUIEN SABE ?)
1966
Italia/España
Director: Damiano Damiani
Intérpretes: Gian Maria Volonté , Lou Castel , Martine Beswick , Klaus Kinski , Carla Gravina , Andrea Checchi , Jaime Fernández , Aldo Sanbrell , Spartaco Comversi , Santiago Santos , Joaquín Parra , José Manuel Martín , Guy Heron , Valentino Macchi, Antonio Ruiz.
Argumento : Salvatore Laurani
Guión : Salvatore Laurani
Director de Fotografía : Tony Secchi
Música : Luis Enriquez Bacalov
Montaje : Renato Cinquini



Producción italiana de 1966 que se encuadra, dentro del western hecho en Europa, en el subgénero conocido como Zapata western. El filme no solamente inauguró este tipo de películas, sino que es una de los más destacados y sentó las bases, con las lógicas variaciones, de esta tipo de largometrajes. Así básicamente se entiende por Zapata western a aquél que se desarrolla en Méjico durante el proceso revolucionario, suele tener, disfrazado en una película de acción, una fuerte carga política dado el momento histórico convulso en el que se filmaron (creciente oposición a la Guerra del Vietnam y por extensión a la política exterior de los EEUU, apogeo del movimiento hippie, procesos de descolonización en algunos casos traumáticos como el de Argelia, desarrollo de corrientes de pensamiento críticas con principios, valores y formas de actuación de la sociedad capitalista que desembocaron en movimientos fundamentalmente estudiantiles como el de mayo del 68 en Francia o el mejicano que finalizó con la matanza de la Plaza de las Tres Culturas en octubre de ese mismo año, proliferación de movimientos revolucionarios, sobre todo en Sudamérica, tras el éxito de la revolución en Cuba como el Frente Sandinista de Liberación o el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, etc.) y la acción, en los más destacados largometrajes de este subgénero, se estructura, generalmente, en torno a la relación de dos personajes diferentes y, en la mayoría de los casos, antagónicos. Por una parte nos encontraremos con un mejicano, básicamente un pillo cuando no un bandolero, iletrado, primitivo pero no exento de una inteligencia natural que en un principio intenta sobrevivir aprovechándose del período de caos que vive su país, para, poco a poco, ir tomando conciencia del valor del proceso revolucionario y terminar por convertirse en un líder del mismo; y por otra, aparece un extranjero cuya presencia en Méjico tiene una sola finalidad: el lucro personal, pero se convertirá en un apoyo fundamental para el nativo. Así nos encontramos con Cuchillo Sánchez y el ex sheriff Nathan Cassidy en “Corre Cuchillo, corre”, Paco Román y Sergei Kowalski en “Salario para matar”, El Vasco y el Sueco en “Los compañeros” o Juan Miranda y John Mallory en “¡Agáchate, maldito!”; mientras que en “Tepepa” estos personajes sufren ligeras variaciones ya que al Doctor Henry le mueve el deseo de vengar un asesinato, mientras que Tepepa desde un primer momento es consciente de la situación de explotación en la que vive el campesinado y, en consecuencia, da muestra desde el inicio de su espíritu revolucionario.

El fuerte carácter de denuncia del largometraje queda patente al repasar el personal que intervino en el filme:

La dirección le correspondió a Damiano Damiani, un realizador bastante alejado del mundo del western pero representante de un cine marcadamente político cuyo máximo apogeo tuvo lugar durante las décadas de los sesenta y setenta y del que, solamente en Italia, participaron autores como Elio Petri, Francesco Rossi, Mauro Bolognoni, Gillo Pontecorvo o Florestano Vancini, director de la ya comentada “Los largos días de la venganza” (1967). Damiani es fundamentalmente conocido por un conjunto de largometrajes de una gran coherencia y en su mayoría protagonizados por Franco Nero (la exitosa “El día de la lechuza” de 1968, “Confesiones de un comisario a un juez de instrucción” de 1970, “El caso está cerrado, olvídelo” realizada un año más tarde o “¿Por qué se asesina a un magistrado?” de 1976) en el que denunció la corrupción existente en las distintas instituciones italianas (penitenciaria, judicial, policial), así como puso de manifiesto las relaciones existentes entre el mundo de la construcción, la política y la mafia, para terminar haciendo un cine más comercial con alguna excepción, como su participación en la serie “La piovra”, en la que también colaboró Vancini, suprimida del primer canal de la RAI por presiones del Partido Demócrata Cristiano. En cuanto al spaghetti, sólo se acercó una vez más en la parcialmente fallida y accidentada, al haber sido robados gran parte de los negativos, “El genio” (1974) producida por Sergio Leone.


Como guionista aparece el gran escritor Franco Solinas, reputado miembro del Partido Comunista Italiano, y autor de buena parte de los mejores Zapata westerns, además de haber escrito los libretos de notables películas socialmente comprometidas como “La batalla de Argel” (1965), “Queimada” (1969) ambas dirigidas por Gillo Pontecorvo o “Estado de sitio” (1973) del griego Costa-Gavras; y como principales interpretes dos actores conocidos públicamente por su progresismo: Gian María Volonte que cuenta con una filmografía cargada de títulos ideológicamente comprometidos como “Las estaciones de nuestro amor”, “Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha”, “Sacco y Vanzetti”, “La clase obrera va al paraíso” o “El caso Mattei” y Lou Castel, siempre presto a actuar en películas de denuncia.

SINOPSIS: El Chucho es el líder de un grupo de bandoleros-revolucionarios dedicado a robar armas al ejército carrancista para vendérselas al general revolucionario Elías. Hasta él llegará un misterioso estadounidense, El Niño, que ganará su confianza, primero, y su amistad, después, convirtiéndose en su mano derecha. Pero éste, a pesar del creciente afecto hacia El Chucho, le ocultará sus verdaderos planes y se servirá de él para alcanzarlos.

Película con un fondo muy interesante y más profundo de lo que era habitual en la que, sirviéndose de la revolución mejicana (1910-1920) y desde un punto de vista marxista (ya en la primera escena abraza alguno de sus postulados ideológicos como el de la lucha de clases al señalar “El Niño”: “Y de un lado los generales del ejército conservador y del otro una masa de obreros y campesinos a las órdenes de generales improvisados”), se reflexiona sobre el proceso revolucionario y su necesidad, pero sin dar una visión maniquea y romántica del mismo ya que se nos presenta como una etapa brutal, caótica y confusa construida a base de sangre y sufrimiento, y protagonizada por unos individuos que en muchas ocasiones actúan como simples bandoleros (en un momento dado un personaje señala “no hay diferencias entre bandidos y rebeldes”) aunque, por otra parte, se hayan visto obligados a tomar las armas dada la situación de explotación en la que viven; situación propiciada por una minoría propietaria de las tierras que ellos trabajan en condiciones cuasi esclavistas. En este sentido, cobra gran importancia la escena en la que los revolucionarios deciden ajusticiar a Don Feliciano, un hacendado, no porque sea rico sino porque como señala el viejo revolucionario Raimundo “Nosotros somos pobres y usted no ha hecho nada para cambiarlo”; para a continuación, al detener “El Chucho” a tres bandidos que pretendían violar a la mujer de Don Feliciano, Adelita, otra revolucionaria, afirmar “Yo tenía 15 años cuando un Feliciano cualquiera me violó. ¿Por qué ella tiene que tener un trato diferente? ¿Por qué?”.

Pero esta fuerte carga ideológica no supone que nos encontremos ante una película pesada y aburrida, sino que su virtud radica, por una parte, en que este mensaje político está insertado en una historia muy entretenida cargada de escenas de acción, gracias a la estupenda labor de Solinas, que equilibra perfectamente éstas con los momentos más reflexivos; y por otra, en la dirección de Damiani que introduce a lo largo del largometraje ciertos toques de humor, fundamentalmente en relación con el personaje de “El Chuncho”, y dota al filme de un ritmo trepidante, sobre todo en una primera parte en la que asistimos a los sucesivos golpes de los hombre de “El Chucho” para conseguir armas, mientras que en la segunda se centra más en el transporte de las mismas hacia la guarida del general Elias, trasunto de Emiliano Zapata, y en la traición de “El Niño”.

Otro de los grandes aciertos lo constituye la elección de los principales actores. Gian Maria Volonté hace una gran composición como “El Chucho”, un individuo analfabeto (no sabe leer ni escribir y apenas puede contar hasta cuatro), impulsivo y algo ingenuo, que se vale de su intuición en la mayoría de sus actuaciones aunque no sepa muy bien las razones que le llevan a obrar de esa forma, por ello cuando es preguntado suele responder ¿Quién sabe?, título por el que es conocida la película en varios países. Es, en definitiva, un individuo contradictorio que se mueve entre la fidelidad a la revolución y su tendencia al bandidaje con fines lucrativos (muy ilustrativa es la escena en la que, por influencia de “El Niño”, abandona a los habitantes de San Miguel cuando en un primer momento se había quedado para compartir su misma suerte), pero que al final, al comprobar que ha sido manipulado por “El Niño”, mostrará cierta nobleza y su compromiso con el proceso revolucionario renunciado a la riqueza y a una vida futura más acomodada en los EEUU. En el papel de “El Niño” nos encontramos con el actor colombiano Lou Castel cuyo físico es perfecto para darle vida. Un individuo con cara angelical pero frío, manipulador, arrogante y egoísta que no se detiene ante nada ni nadie para conseguir sus fines (asesina sin ningún escrúpulo tanto a los hombres de Carranza como a los revolucionarios). El personaje, que remite claramente a los asesores norteamericanos que en número creciente estaban proliferando en los países del continente sudamericano, muestra desde el principio su desprecio por Méjico y por los mejicanos; así en la primera escena al preguntarle un muchacho si le gusta Méjico responde que no (idea que sería retomada por Giulio Petroni en “Tepepa”) mientras que al final de la película se cuela, sin ningún tipo de miramiento ni consideración respecto a los mejicanos que esperaban su turno, para comprar su billete de tren. Un individuo, en definitiva, amoral y símbolo del capitalismo más salvaje que antepone el dinero a cualquier otro sentimiento, aunque al final parece apreciar realmente a “El Chuncho”, para el que los hombres son un instrumento más con el que alcanzar sus fines, y que, curiosamente, cuenta con un antecedente remoto en el personaje interpretado por Burt Lancaster en “Veracruz” (Robert Aldrich, 1954). Klaus Kinski está soberbio, creo que es su mejor interpretación en este género junto a la de Triguero de “El gran silencio”, desprendiendo un gran magnetismo como un sacerdote hermanastro de “El Chucho” llamado “El Santo”; sin duda el personaje más ideologizado y comprometido con los ideales revolucionarios en una clara alusión a los movimientos de base, cercanos al pensamiento marxista, surgidos en la década de los sesenta en el seno de la Iglesia que cristalizarían en la denominada Teología de la liberación. Lástima que desaparezca durante gran parte del filme. Por último, está la bella actriz “bondiana” nacida en Jamaica Martine Beswick dando vida a Adelita, prototipo de la mujer libre e independiente. Junto a ellos, en papeles secundarios, algunos habituales como Aldo Sambrell en esta ocasión como teniente carrancista con una muerte heroica pero inútil, Spartaco Conversi en el rol de Cirillo, uno de los hombres de “El Chucho” preocupado solamente por las ganancias que le reportará la venta de las armas robadas a los carrancistas o José Manuel Martín dando vida a Raimundo, un revolucionario auténtico que asume la crueldad del proceso revolucionario como algo natural.


El filme se redondea con una gran banda sonora compuesta por el argentino Luis Bacalov, supervisado según parece por Ennio Morricone, muy apropiada y variada, en la que destaca la ranchera “Ya me voy” cantada por Ramón Mereles; y una grandísima labor de ambientación favorecida, sin duda, por el presupuesto del que se dispuso muy superior a la media habitual en este tipo de productos.

Tengo la película editada por Filmax que respeta el formato original además de contar con una imagen correcta y sonido aceptable, aunque de extras, como suele ser habitual, anda escasa. Recientemente, además, he comprado la versión editada por  Regia Films que, tanto por su calidad como por ser la versión completa, os recomiendo. 

Por último, y como curiosidad, comentaros que ese mismo año se estrenaba un western estadounidense en el que también se reflexionaba sobre la revolución y sus consecuencias, la extraordinaria “Los profesionales” dirigida por el liberal Richard Brooks; mientra que, según consta en la carátula del DVD, el esqueleto argumental de “Yo soy la revolución” (unos forajidos que tras robar armamento, incluida una ametralladora, al ejército pretenden vendérselo a los revolucionarios) pudo servir de inspiración a Sam Pekinpah para rodar “Grupo salvaje” (1969), su obra maestra..

En definitiva un buen ejemplo de cine político, actualmente desaparecido, a la vez que muy ameno y distraído que, además, resultó clave para la evolución del western hecho en Europa al inaugurar un subgénero dentro de él.


PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 8.
AMBIENTACIÓN: 9.
DIRECCIÓN: 8.
ACTORES: 8.
MÚSICA: 8.

MEDIA: 8,2.


Reseña Adicional

miércoles, 20 de junio de 2012

DESAFÍO EN RÍO BRAVO

Desafío en Río Bravo
1964
Italia-Francia-España
Director Tulio Demicheli
Reparto Guy Madison, Fernando Sancho, Gérard Tichy, Madeleine LeBeau, Carolyn Davys, Massimo Serato, Olivier Hussenot, Álvaro de Luna, Xan Das Bolas, Beni Deus, Juan Maján, Evar Maran, Dario Michaelis, Hollis Morrow, Claudio Scarchilli, Pilar Vela, Juan Santiago, Ariz-Navarreta.
Guión Tulio Demicheli, Guy Lionel, Gene Luotto, Giovanni Simonelli, Natividad Zaro, Italo Zingarelli
Música Angelo Francesco Lavagnino
Fotografía Guglielmo Mancori


Coproducción italo-franco-española de 1964, un año decisivo en el desarrollo del western europeo ya que se duplicaron prácticamente con respecto al año anterior las películas del Oeste rodadas en España con participación de productoras españolas (se pasó de trece westerns en 1963 a filmarse casi treinta en 1964), consolidándose esta tendencia al año siguiente con el rodaje de más de cuarenta. Este auge se debió, no sólo al desembarco de productores estadounidenses que buscaban abaratar costes y así poder competir con las pujantes series de televisión ambientadas en el Oeste, sino, sobre todo, al cambio en la política de subvenciones al primarse a partir de ahora los resultados en taquilla y fomentarse las coproducciones. El resultado fue que a los productores pioneros (José Gutiérrez Maesso, Eduardo Manzanos Brochero) se les unieron otras productoras españolas, entre las que destacan Producciones Balcázar de los hermanos Balcázar o IFISA de Ignacio Farrés Iquino que establecieron en los alrededores de Barcelona (Esplugues City, Casteldefells) y Huesca, sobre todo para rodar los exteriores, un nuevo centro estable para el rodaje de westerns.

Pero ocupémonos de la película que contó con un presupuesto muy generoso para este tipo de filmes, alrededor de sesenta millones de pesetas, y de cuya producción se encargó Italo Zingarelli, productor, director y guionista que solía garantizar la calidad de sus productos; mientras que en la dirección se contó con Tulio Demicheli, un veterano y sólido guionista y director argentino que, tras rodar en su país natal y en Méjico, recalaría a finales de los años cincuenta en España en donde desarrollaría la mayor parte de su filmografía compuesta por películas de todo tipo de géneros: aventuras “El hijo del Capitán Blood” (1962); terror como “Los monstruos del terror” (1970); seudo-bonds como “Misión Lisboa” (1965); thrillers como “Coartada en disco rojo” (1972) y “Ajuste de cuentas” filmada al año siguiente; o westerns entre los que destacan la película que nos ocupa y la ya reseñadas “Un hombre y un colt” (1968) y “Reza por tu alma…y muere” (1970), además de haber participado en el libreto de “El halcón y la presa” (1966), película que también cuenta con sus correspondientes comentarios en este blog.

SINOPSIS: 1885. El famoso hombre de ley Wyatt Earp, que acabó con los Clanton en el OK Corral, es contratado por Jennie Lee, la dueña del saloon de Río Bravo, con el objeto de acabar con los desmanes de Zack Williams, uno de los hombres más influyentes del pueblo, que, por medio de una banda de forajidos liderados por el mejicano Pancho Bogan, pretende quedarse con todas las minas de la localidad.

El largometraje lo podemos encuadrar dentro de la corriente que Gutiérrez Recacha denomina “western urbano deductivo”, predominante en esta época en los filmes del Oeste rodados en España, cuyos largometrajes se caracterizaban por una estructura argumental muy similar en la que el héroe, caracterizado por su habilidad con las armas de fuego, recalará en una población azotada temporalmente por una ola de crímenes que afecta, entre otros, a una muchacha a la que protegerá el protagonista para después enamorase de ella, al mismo tiempo que desenmascarará al villano y acabará con él.

Por otra parte, y como era habitual en estas primeras producciones realizadas en Europa, muestra una clara influencia del western estadounidense. Hecho que ya se aprecia en el título al evocar al legendario western realizado en 1959 por Howard Hawks “Río Bravo”.

Esta influencia también se aprecia en los personajes. Así, como también sería habitual en este tipo de productos, el principal personaje es una figura histórica, en este caso el sheriff Wyatt Earp protagonista del más famoso duelo del oeste acaecido en la localidad de Tombstone en 1881 que ha sido llevada a la pantalla grande en numerosas ocasiones como en la clásica “Pasión de los fuertes” dirigida en 1946 por John Ford, la célebre “Duelo de titanes” (1957) del especialista John Sturges que retomaría la misma historia en “La hora de las pistolas” (1967), la desmitificadora “Duelo a muerte en el OK Corral” (Frank Perry, 1971) o las más modernas “Tombstone: la leyenda de Wyatt Earp” (George P. Cosmatos, 1993) y Wyatt Earp (Lawrence Kasdan, 1994). Junto a él aparece, en el principal personaje femenino, la joven Clementina en un clarísimo guiño al filme de John Ford en el que Earp-Fonda se enamoraba también del mismo personaje interpretado, en esa ocasión, por Cathy Downs; incluso para disipar cualquier duda al respecto en una escena de la película Clementina silba “My Darling Clementine” canción principal de la película filmada por el maestro de origen irlandés. También es destacable en este aspecto la figura del sheriff borracho que remite de nuevo a “Río Bravo” y, en concreto, al personaje de Dude interpretado por Dean Martin. 

Por último se puede rastrear la huella de varios westerns estadounidenses en el planteamiento del filme y en algunas situaciones. Respecto al planteamiento remite tanto a “Wichita” (excelente western rodado por Jacques Tourneur en 1955 en el que un joven Earp-McCrea ponía orden en la ciudad del título tomada por los ganaderos) y la memorable “Johnny Guitar” (largometraje dirigida por Nicholas Ray en 1954 en la que un famoso pistolero, que como en esta película ocultaba su verdadera identidad, acudía a la llamada de la dueña del saloon ante los intentos del cacique del lugar de apoderarse de su propiedad). Por lo que respecta a las situaciones hay escenas que calcan otras ya vistas, como aquella en la que Earp mantiene una conversación con Leo, el abandonado y borracho sheriff de la localidad, sobre la ley que remite de nuevo a la que mantenía Burt Lancaster con un antiguo colega en la citada “Duelo de titanes”, o aquella en la que el héroe se ve rodeado en la habitación del saloon que recuerda vagamente a la vivida por Kirk Douglas en “El último tren de Gun-Hill” (John Sturges, 1959).

Pero a pesar de su falta de originalidad y de no ocultar sus influencias, o quizás por ello, creo que la película funciona razonablemente bien gracias a la labor de la pareja Capriotti-Mancori encargados de la fotografía, el holgado presupuesto que se traduce en una más que aceptable labor de ambientación y en el rodaje en numerosas localizaciones y, sobre todo, en el trabajo, también de influencia clásica, de Tulio Demichelli en el que destaca su preocupación por la planificación de las distintas escenas, ofreciéndonos varias secuencias muy bien filmadas, principalmente las de acción, como un notable y realista enfrentamiento nocturno de Earp con dos secuaces de Zack, la posterior pelea entre Bogan y Earp o el gran enfrentamiento final entre nuestro héroe y el villano, rodado de forma ejemplar.

Por lo que respecta al elenco, y como era también habitual, al frente del mismo nos encontramos con un actor estadounidense en horas bajas decidido a probar suerte en el cine europeo. En este caso al legendario personaje le dio vida Guy Madison, actor que tuvo su primer papel importante en “Hasta el fin del tiempo” un drama dirigido por Edward Dmytryk de 1946 en la línea de la más famosa “Los mejores años de nuestra vida”, para, posteriormente, especializarse en roles de acción, básicamente westerns de serie b, obtener un cierto éxito con la serie “Aventuras de Wild Bill Hickok” y terminar recalando en Europa en la década de los sesenta en donde se le pudo ver en numerosos euro-westerns. Su elección, con independencia de sus dotes interpretativas, creo que fue un acierto porque por su trayectoria era fácilmente identificable por el público como el típico héroe del Oeste honrado y preocupado por llevar la ley y la justicia allí donde iba. El resto del reparto, y como también solía ocurrir en las coproducciones, lo componen intérpretes de distintas nacionalidades. Así nos encontramos con los dos personajes negativos a los que el director da un tratamiento diferente: por una parte el forajido mejicano Pancho Bogan al que nos lo describe con cierto respeto al ser un hombre con su propio código de honor (en un momento dado le confiesa al protagonista que él es un bandido pero nunca ha disparado a nadie por la espalda) y que está encarnado por el español, y casi imprescindible, Fernando Sancho, un papel que repetiría hasta la saciedad aunque en esta ocasión está muy comedido y, curiosamente, doblado por el excelente actor Francisco Sánchez (voz habitual, entre otros, de Charles Boyer, Gary Cooper, Vittorio de Sica o Cary Grant); y por otro, al alemán afincado en España Gerard Tichy dando vida al codicioso Zack Williams, un individuo taimado, carente de honor, que nunca da la cara, se vale de otros para hacer el trabajo sucio y cuyas verdaderas intenciones trata de ocultar; papel que también repetiría en bastantes westerns. En roles positivos aparecen el italiano Massimo Serato dando vida al borracho Leo que no obstante conseguirá rehabilitarse y ofrecer su ayuda a Earp, y las francesas Madeleine Lebeau (la cantante que entonaba “La Marsellesa” ante los nazis en la inolvidable y emotiva escena de “Casablanca”) y, en su única película, Carolyn Davies como, respectivamente, Jennie Lee, la propietaria del saloon, y Clementine Hewitt, dueña de una mina objeto del deseo de Zack

En definitiva un tópico pero digno, correctamente interpretado y bien hecho euro-western de la primera época que, aunque esté muy lejos de los postulados leonianos, creo asegura un rato de entretenimiento.

PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 6.
AMBIENTACIÓN: 6.
DIRECCIÓN: 7.
ACTORES: 6.
MÚSICA: 5. 

MEDIA: 6.

viernes, 15 de junio de 2012

Tres hombres buenos

Tres hombres buenos 
1963
España-Italia
Director: Joaquín Romero Marchent
Reparto: Geoffrey Horne, Paul Piaget, Fernando Sancho, Robert Hundar, Massimo Carocci, Cristina Gaioni, Giuseppe Addobatti, Raf Baldassarre, Aldo Sambrell, Rosa del Río, Antonio Gradoli, José Jaspe, Donatella Marrosu, Turia Nelson, Jesús Tordesillas, Simón Arriaga, Jesús Guzmán 
Guión: Jose Mallorquí
Fotografía: Rafael Pacheco
Música: Manuel Parada

Coproducción italo-española de 1963 en la que intervinieron tres nombres capitales para el nacimiento del western europeo: el productor Eduardo Manzanos Brochero, el escritor y guionista José Mallorquí y el director Joaquín Luis Romero Marchent, que ya habían colaborado en el primitivo díptico sobre personaje creado por Mallorquí, “El Coyote” (“El Coyote” de 1955 y “La justicia del Coyote” de 1956); para embarcarse en 1962 en la adaptación al cine de otro héroe popular de origen hispano, “El Zorro” creado por Johnston McCullen, en otros dos filmes “La venganza del Zorro” y “Cabalgando hacia la muerte”. En esta última se incorporó al terceto como productor el abogado Alberto Grimaldi, otro personaje fundamental para el desarrollo del euro-western.

Animados por la acogida, sobre todo en Italia, de las aventuras del Zorro el cuarteto decide realizar otro western para lo que adaptarán de nuevo unos personajes creados por Mallorquí, bajo el seudónimo de Amadeo Conde, con anterioridad a “El Coyote” y como encargo de la Editorial Molino para competir con el personaje de “Pete Rice”, en la serie de marcado carácter hispánico Tres hombres buenos, de la que se editaron catorce títulos entre 1942 y 1947, con ilustraciones, entre otros, del prestigioso Carlos Freixas.  

SINOPSIS: La mujer de Don César Guzmán, un hacendado de origen español, es asesinada por un grupo de bandidos que, además, le roban el dinero que tenía depositado en su caja fuerte. A partir de ese momento el objeto de la vida del hacendado lo constituirá la venganza, para la que contará con dos pistas, un alfiler que arrancó su mujer al asesino antes de morir y la herradura perdida por uno de los caballos de los bandoleros; así como, con la desinteresada ayuda de dos pistoleros, el portugués Joao de Silveira y el mejicano Diego Abriles. 

La película, por tanto, pivota en torno al argumento de la venganza, uno de los temas más desarrollados por los westerns hechos en Europa, incluso por el propio director en sus dos mejores westerns (la estupenda y comentada en este blog “Condenados a vivir” no creo que se pueda considerar así) pero sin la hondura y profundidad con la que fue tratada en los mismos. Así, en la también comentada en este blog “El sabor de la venganza” (1963), Romero Marchent nos mostraba en la fabulosa escena final cómo ésta sólo genera muerte y dolor, y en “Antes llega la muerte” (1964), que también cuenta con su correspondiente entrada, el personaje de Ringo se embarcaba en un viaje físico y espiritual, en el que el perdón jugaba un papel básico, que le transformaba profundamente y, en cierta forma, le redimía convirtiéndole en un hombre nuevo, como quedaba puesto de manifiesto en una bellísima escena en la que ofrecía agua de su cantimplora a aquél que herido de muerte había sido hasta ese momento el objeto de su venganza. Sin embargo, y a diferencia de estas películas, el largometraje que nos ocupa carece de cualquier consideración moral en torno a la venganza y el protagonista actúa de forma monolítica (muy avanzado el filme, ante la pregunta de una vecina acerca de la posibilidad de que perdone a los asesinos de su mujer, él sin dudarlo responde “Nunca, ni aún después de muertos los perdonaré”). 

Pero, para mí, el principal problema no radica en esta falta de consideraciones morales sino en la irregularidad del filme, que cuenta con un comienzo vertiginoso en el que asistimos al asesinato de la mujer del protagonista, al ajusticiamiento por parte del héroe de tres de los participantes en el luctuoso acontecimiento, a su encuentro con el portugués, al enterramiento de su mujer y al enfrentamiento de César con otro de los bandidos; para a partir de ese momento, que coincide con la aparición de Diego, la película hacerse más dispersa, abandonar durante gran parte del metraje el tema principal centrándose en otra subtrama basada en la corrupción existente en Fuente Cedros y dar mayor protagonismo a la relación amor-odio existente entre Joao y Diego, con lo que el desarrollo de la historia y el ritmo de la película se resienten notablemente.

Por el contrario, como aspecto positivo tenemos la más que correcta y clásica labor del director que consigue escenas bastante notables como aquella con la que se inicia la película mediante un bello y largo travelling a lo largo de una tapia, la del cementerio con un precioso contrapicados desde la tumba enfocando al desconsolado héroe o el enfrentamiento final entre Diego y el sicario McCoy en la oficina del sheriff que se produce fuera de campo con lo que consigue un momento de gran suspense hasta conocer el resultado del mismo. No obstante en su debe, para mí, debe anotarse esa tendencia excesiva hacia el melodrama con escenas que no aportan demasiado al filme y rompen el ritmo de la película como en la que Don César vuelve a su hacienda vacía y recorre desconsoladamente las distintas habitaciones de la misma, secuencia orquestada, además, con un tema excesivamente trágico.

Por otra parte el espíritu clásico del filme, apuntado en la dirección, queda también patente en algunas referencias a westerns estadounidenses. Así, no creo que sea casualidad que los bandidos sean siete, número mágico para el aficionado al western desde que John Sturges hizo cabalgar en 1959 a sus magníficos; mientras que la escena en la que vemos pasar los años mientras Don César y Joao buscan a los asesinos de la esposa del primero por unos paisajes nevados me recordó a otra muy similar de “Centauros del desierto” (John Ford, 1956). Incluso la estructura circular del largometraje, al comenzar y finalizar en la misma localidad, también recuerda a la mencionada obra maestra, aunque este hecho no sé si se debió a la necesidad de convertir la obligación en virtud ante el escaso presupuesto con el que se contó, como se aprecia en las escasas localizaciones y en la pobre ambientación de la película.  

Otro aliciente del largometraje lo constituye el elenco actoral, puesto que salvo en el caso del protagonista, el soso actor argentino Geofrey Horne que tuvo su momento de gloria al formar parte en 1957, junto a William Holden y Jack Hawkins, del comando encargado de volar “El puente sobre el Río Kwai” en la grandiosa superproducción de David Lean, forman parte del reparto interpretes cuyos rostros se harían muy familiares para los aficionados a este subgénero. Así, como los amigos de Don César Guzmán nos encontramos por una parte a Paul Piaget, una especie de Charlton Heston europeo pero sin el carisma y el talento de éste que rodaría siete westerns en apenas cuatro años para después desaparecer, dando vida al curioso, por ser una figura de nacionalidad extraña para un western, pistolero portugués Joao de Silveira, el típico aventurero romántico, de nuevo recuerda a algún personaje de “Los siete magníficos”, que ayudará desinteresadamente a Don César porque según sus propias palabras “sin riesgo en la vida no merece la pena vivir”; mientras que el gran Fernando Sancho, uno de los iconos indiscutibles del western hecho en Europa, encarna al mejicano Diego Abriles, un personaje que repetirá en decenas de spaghettis y que se caracterizaría por su personalidad expansiva y dicharachera, además de presentárnoslo aquí como un individuo enamoradizo y, al igual que el portugués, muy celoso de su honor lo que le lleva a estar dispuesto en todo momento a batirse en duelo. Como personajes negativos nos encontramos al “marchentiano” Robert Hundar, en realidad Claudio Undari, que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los grandes malvados de este subgénero, interpretando en esta ocasión al pérfido pistolero McCoy, el cual presenta muchas características con el personaje al que daría vida al año siguiente en la también comentada en este blog “Brandy”, puesto que pone sus revólveres al servicio del alcalde corrupto y viste totalmente de negro; además de en pequeños papeles a Raf Baldassarre como el corrupto ayudante del sheriff de Fuente Cedros y a Lorenzo Robledo como uno de los bandidos. Por supuesto no puedo dejar de citar a un insólito, por aparecer afeitado, Aldo Sambrell, figura casi indispensable del euro-western, en su debut en este subgénero en un papel, ¡cómo no!, de villano. 

Por último, y en relación tanto con los personajes como con la ambientación del largometraje, cabe señalar otra característica de los filmes de esta primera etapa en los que intervino Mallorquí consistente en el peso del elemento hispano. Así, la película se desarrolla en un pueblo fronterizo y dos de los principales personajes son hispanos: Don César, un californiano de origen español, y Abriles, un mejicano bebedor de tequila y no de whisky, que, además, son los personajes positivos frente a los negativos (McCoy, el alcalde Hopkins, Bannon), todos ellos de ascendencia anglosajona (incluso el honrado sheriff de Fuente Cedros que renuncia a su cargo para no encarcelar a los héroes se llama José María y el único hacendado que apoya a Don César es don Julio Benavente). 

Como curiosidad relacionada con los primeros westerns rodados en España, comentaros que en el díptico sobre “El Coyote” y, por lo menos, en uno de los dos filmes sobre “El Zorro” participó como guionista el posteriormente director de culto Jesús Franco. 

En definitiva, un correcto western cuyo mayor hándicap es su exiguo presupuesto pero con un valor histórico indudable, por lo que lo recomiendo, sobre todo, para aquellos aficionados especialmente interesados en el inicio de la andadura del western hecho en Europa.  


PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 5 
AMBIENTACIÓN: 4 
DIRECCIÓN: 6 
ACTORES: 5 
MÚSICA: 5 

MEDIA: 5

jueves, 14 de junio de 2012

Trailer español de "Django Desencadenado"


El trailer en español del nuevo film de Tarantino. El estreno, para finales de enero del proximo año.

miércoles, 13 de junio de 2012

Leo Anchóriz


Actor español (Almería 1929-Madrid 1987) cuyo verdadero nombre era Mariano Leopardo de Anchóriz Fustel y al que también se le pudo ver en alguna coproducción bajo el seudónimo de Leo Anchoris.

Hombre inquieto, de fuerte personalidad, basta cultura (estudió, tras la Guerra Civil, Bellas Artes en la Real Academia de San Fernando y también se acercó al mundo de la escritura y la música) y gran inteligencia, pronto dirigiría sus pasos, gracias a sus amigos Conchita Montes y Pedro Lazaga, hacia la interpretación. No obstante nunca olvidó su inclinación por la pintura, sobre todo como afamado cartelista, alternando ambos oficios; e, incluso, aplicó sus conocimientos pictóricos al mundo del teatro y el cine, y se le pudo ver en representaciones teatrales y filmes en calidad de decorador y director artístico.

Gran amigo, además de Pedro Lazaga, de directores como José María Forqué, Jaime de Armiñán y Enzo G. Castellari, con cuya familia llegó a vivir en Roma, su andadura como actor se inició en 1957 con “Las muchachas de azul”, típica comedia de parejas dirigida por Pedro Lazaga que contó con un gran reparto encabezado por Analía Gadé, Fernando Fernán Gómez y Tony Leblanc, a la que siguieron “El Tigre de Chamberi” (1958) una divertida comedia de boxeo con José Luis Ozores y, otra vez, Tony Leblanc, el drama rural con tratamiento casi de western “Duelo en la cañada” (1959) del injustamente olvidado Manuel Mur Oti y “Milagro a los cobardes” (1962), otro drama, en este caso en torno a la vida de Jesús de Nazareth, de nuevo dirigido por Mur Oti y protagonizado por la norteamericana Ruth Roman por el que obtuvo el premio al Actor Revelación en el Festival de San Sebastián .

Con el comienzo de la década de los sesenta y el auge del cine de género europeo se le podrá ver en numerosas coproducciones: péplum como “El gladiador invencible” (1961) y “El valle de los hombres de piedra” (1963), ambas dirigidas por Alberto de Martino y con Richard Harrison en el papel estelar; aventuras como los dos filmes sobre Sandokán, personaje creado por Emilio Salgari al que dio vida el culturista Steve Reeves, que fueron dirigidos sucesivamente en 1963 (“Sandokán el magnífico”) y 1964 (“Los piratas de Malasia”) por Umberto Lenzi; terror como “Horror” (1963) de nuevo dirigido por Alberto De Martino; bélicas como la curiosa “Marcha o muere” (1962) sobre un pelotón francés, liderado por un maduro Stewart Granger, en la Guerra de Argelia; y, por supuesto, westerns, de los que llegó a rodar diez en doce años, entre los que destacan “Los desesperados” (Julio Buchs, 1969) en el que encarnaba a uno de los miembros de la banda liderada por George Hilton y “Mátalos y vuelve” (1968) una especie de “Doce del patíbulo” trasladado al Oeste por Enzo G. Castellari, con el que colaboraría en el guión del thriller “Los fríos ojos del miedo” (1971) protagonizada por varios habituales del spaghetti como Frank Wolff y Gianni Garko.

Al mismo tiempo se le siguió viendo en películas españolas (comedias, dramas, e incluso musicales al servicio de Sara Montiel y Marisol) y en televisión en series como “Confidencias”, “Tiempo y hora”, “Ficciones” o concursos como “A simple vista”, además de desarrollar su carrera como guionista, en títulos como “Carola de día, Carola de noche” (Jaime de Armiñan, 1969) o “La petición” dirigida en 1976 por Pilar Miró con la que volvería a colaborar aunque sin estar acreditado en “Gary Cooper que está en los cielos”, y su faceta de director artístico en largometrajes como “No es nada, mamá, sólo un juego” (José María Forqué, 1974).

Su última aparición delante de una cámara tuvo lugar en el episodio “Tango” (1977) de la serie de televisión “Teatro Club”.

Filmografía SW:

1965.- El dedo en el gatillo. 
1966.- Siete pistolas para los Mac Gregor
1967.- Siete mujeres para los Mac Gregor. 
1968.- Llego, veo, disparo. 
1968.- Mátalos y vuelve.  
1969.- Los desesperados. 
1971.- O Cangançeiro. 
1972.- ¡Qué nos importa la revolución!. 
1973.- Todos para uno, golpes para todos. 
1976.- Los locos del oro negro.